Datos Asesinos

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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:26 pm

Emilia,cocinera
Lo que no sabía es que poco antes de nacer yo, ocurrió en Buenos Aires, Argentina, algo que se asemeja bastante al cuento de Sweeney Todd. Lo curioso es que aquí asesino y cocinero se unen en la misma persona, Emilia Basil. Esta mujer, de origen libanés, había llegado a Buenos Aires en 1940. Tuvo varios trabajos hasta que consiguió empleo en un almacén frigorífico. Era un trabajo de hombres, pero ella tenía la fuerza suficiente. Con el tiempo se casó con Felipe Coronel Rueda y juntos compraron una casa que convirtieron en restaurante. Estaba situado en la esquina de Pasco y la Avenida Garay y lo llamaron Yamil (hoy hay un autolavado). Pero no pagaron toda la propiedad y solucionaron la deuda permitiendo vivir a su dueño, José Petriella, en el fondo. Pronto Emilia se convirtió en la amante de Petriella... pero él quiso más y comenzó a acosarla. El 24 de marzo de 1973, Emilia resolvió el problema ahorcándolo con un hilo de nylon y, como no sabía que hacer con el cadáver, lo decapitó y descuartizó los miembros, dejando el torso en una caja de manzanas en la calle. Decidió utilizar la cabeza y extremidades para guisar. Marisa Grinstein, en su libro Mujeres Asesinas, que dio pie a la serie de televisión (cuatro temporadas) del mismo título, lo cuenta así: “... fue llevando en una palangana a quien fuera su amante, trozo a trozo, hasta la cocina. Buscó las ollas más grandes y puso a hervir algunos cortes; en unas fuentes para horno puso a asar otros. No se olvidó de condimentar todo: era probable que la carne tuviera un gusto diferente, y había que evitar que alguien sospechara. Con la carne hervida hizo un guiso y empanadas árabes. Con la carne asada, un salpicón que llenó de mayonesa y huevo duro”.
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:26 pm

Ana María Soba, heredera impaciente



Sus amigas siempre lo supieron: Ana María Soba tenía una especial predilección por las viejas abandonadas. En su peluquería de barrio, las viejas le contaban sus dramas privados, su soledad, el abandono mil veces re¬petido, inevitable.
A pesar del aparente altruismo de Soba, las vecinas que iban a su local a ponerse ruleros y tinturas, a lavar¬se el pelo y modelarlo, invariablemente volvían a sus casas con la sensación de que esa española autoritaria, quejosa y molesta, guardaba alguna carta bajo la manga. A ningu¬na le parecía normal que Ana María se encariñase siem¬pre con mujeres decrépitas, sin familia, sin amigos, y que además se hiciera cargo de ellas. Mil veces la peluquería estaba cerrada porque Soba se pasaba horas haciendo trámites ajenos para facilitarle la vida a alguna descono¬cida. Sin embargo, a la mayoría las ignoraba. No tenía la menor intención de intimar con sus clientas jóvenes, con madres de familia, con esposas mejor o peor casa¬das. Buscaba otra cosa.
"Lo que Anita quería era quedarse con la plata de las pobres viejas que confiaban en ella", contó una veci¬na que, además, fue a hablar por su propia voluntad con un comisario. "La conozco como que la hubiera pa¬rido. Lo único que le interesa es tener dinero, y para eso se hace amigas de las viejas, para que le dejen todo a ella, para que la pongan en la herencia. Ya lo hizo por lo menos dos veces y ligó unos terrenos cerca de la cos¬ta que ahora los tiene el hijo. Es así, yo lo sé. Es como que la hubiera parido".



Ana María Soba nació el 15 de abril de 1941 en To¬rrecillas, provincia de La Rioja, España. A los quince años se mudó a la Argentina con toda su familia. Y cuando lle¬gó a Buenos Aires no tuvo dudas de que la esperaba un futuro insuperable. Se imaginaba a sí misma en una ca¬sona gigante, con un living lleno de espejos y arañas de cristal colgando de techos altísimos. Tendría muchos hijos que serían criados por niñeras alemanas, y nunca pero nunca haría nada en su casa, que para eso estaban las mucamas.
El plan era perfecto, excepto que a Ana María nunca se le ocurrió la manera de llevarlo a cabo. En sus fanta¬sías, el dinero necesario para su proyecto era producto del destino, caía del cielo sin que ella necesitase mover un dedo. Cuando cumplió veinte años empezó a advertir que su vida sería mucho más parecida a la de su madre que a las de las mujeres que salían en las revistas. Por supuesto, lo primero que hizo fue odiar a su madre. La observaba día y noche con un resentimiento visceral, miserable. No había una sola cosa que hiciera que a ella no le pro¬vocara rencor. La veía lavar platos, cocinar milanesas, sopas y pucheros, lavar pisos y baños y baldear la vereda para, al fin del día, tumbarse en el comedor a escuchar la radio y cebarle mate a su padre, un empleado público acobardado por la intensidad banal de la vida cotidiana.
Y poco después, tal como ella misma sospechara a los veinte años, Ana María hizo su debut en el mundo de las amas de casa. Como su madre, se casó con un empleado público, y de un plumazo se tuvo que olvidar de las arañas de cristal, los espejos y las niñeras alemanas. Había pensado en no casarse con él y esperar para ver si aparecía un hombre que al menos pudiera acercarla a su ideal de vida. Pero estaba demasiado apurada para con¬seguir marido: en su cabeza no dejaba de resonar la voz monótona de su madre repitiéndole que si no se casaba pronto iba a terminar "vistiendo santos", tras lo cual seguía una larguísima enumeración de mujeres que, por esperar al hombre ideal, quedaron solas, lo cual, para su madre, era lo mismo que decir que quedaron desahuciadas.
Ninguna historia memorable surgió de esa unión desapasionada. Tuvieron dos hijos que a su vez se casa¬ron compulsivamente, ahorraron un poco de dinero cuando pudieron, hicieron reuniones familiares los do¬mingos y las Navidades, tuvieron algún veraneo en Mar del Plata, compraron en cuotas artefactos electrodomésti¬cos, discutieron por asuntos intrascendentes, enterra¬ron familiares, plantaron malvones y criaron un par de perros feos.
Ana María se quejaba con amargura de su trabajo de peluquera ("¡Tengo que tocar cada cabeza asquero¬sa!") y su marido repetía el lamento inmemorial del em¬pleado público maltratado por sus jefes.



Para Inés Quintans la vida, al igual que su muerte, no fue nada fácil. Como Ana María Soba y como otros millones de mortales, Inés imaginó un futuro idílico. Pero nada de lo que le pidió al destino, ni una sola co¬sa, se le hizo realidad. La diferencia abismal entre sus expectativas y los hechos le moldeó un carácter agrio y depresivo. Nunca se casó ni se le conoció ningún hom¬bre, aunque sus vecinas sospecharon siempre que vivía un romance a escondidas con un hombre casado que no estaba enamorado de su esposa ni de su amante sino de otra mujer que lo ignoraba.
Inés vivió con sus padres hasta que los dos murieron con muy pocos años de diferencia, y cuando al final se quedó sola no pasaba un solo día sin visitar a su herma¬na Rosa. Tras la muerte del marido de Rosa, las herma¬nas vivieron juntas durante un tiempo, pero una tarde, al volver del mercado, Inés entró a su casa y descubrió el cuerpo de su hermana tirado en la cocina. Llamó a una ambulancia, pero era tarde: Rosa había muerto de un derrame cerebral.
Ana María Soba conocía a las Quintans desde que tenía 25 años, porque eran del mismo barrio. Pero, se¬gún contó en la declaración ante el juez, el vínculo más fuerte se formó entre ella e Inés, después de la muerte de Rosa. "Inés me pidió que le hiciera todos los papeles que hacían falta para el entierro de su hermana y esas cosas. Yo hice todos los trámites. Ella me tomaba como una madre", evaluó Ana María, a pesar de que Inés le llevaba veintinueve años.



A las tres de la madrugada del 8 de enero de 1998, un día después del crimen de Inés Quintans, el subcomisario Roberto Carlos Kidd recibió una llamada anó¬nima en su oficina de la seccional 12. Una mujer, que se identificó como vecina del barrio, dijo estar entera¬da de la detención de Ana María Soba. "Estoy segura de que ella mató a la vieja. Tiene una peluquería y atien¬de a viejitas a las que les cobra poco y nada, se hace amiga de ellas y al final consigue que hagan un testa¬mento a su favor. Ya hizo lo mismo cuatro veces, y con esa plata hasta le compró la casa al marido de la hija, un tal Demarco".
De hecho, a Ana María el tema de las herencias le re¬sultaba fascinante. En sus días de intimidad con la asesi¬nada Inés, Ana María había realizado una ardua tarea de seducción indirecta. Al darse cuenta de la soledad de Inés, se había ubicado en un papel protagónico: la lle¬vaba al médico, le recordaba que tenía que tomar los remedios, le hacía los trámites bancarios, le llevaba ollas con comida sana y la llamaba por teléfono varias veces por día. Tomando mates con facturas, le contó a su amiga desvalida que tenía una hermana que había perdido su casa y su poco dinero en la época de la hiperinflación del gobierno de Raúl Alfonsín. Y que, como buena persona que era, le iba a dejar todo el dinero de la venta de la casa de los padres. Es decir, le cedería su mitad porque quería sentirse útil con la gente necesitada.



Ana María ya estaba al tanto, por supuesto, de que la casa donde vivía Inés, en Cachimayo 1195, de Capi¬tal Federal, estaba a nombre de las hermanas Quintans, de que, al haber muerto Rosa, Inés soltera y sin hi¬jos no tenía herederos directos.
La conversación acerca de la hermana pobre de Ana María prendió en el pobre cerebro de Inés, una luz iluminó su conciencia: ella también podría hacer algo por alguien, ella también podría ser buena. En el acto dijo que quería dejarle la casa a ella, a Ana María, su amiga de siempre, la que se hacía cargo de todo en su vida.
Juntas fueron a ver al escribano Juan Manuel Miró para hacer el testamento. Las tasas judiciales fueron pagadas por Soba, quien además, como gesto de buena voluntad, decidió aportarle a su benefactora cien pesos por mes como ayuda para completar una exigua jubilación. A su vez Soba quiso pagar los honorarios del escribano (unos mil doscientos pesos), pero Inés se negó y dijo que eso lo pagaría con una parte de sus ahorros.
Esos mil doscientos pesos fueron el inicio de los conflictos entre las dos. Menos de una semana después, Inés comenzó con sus reproches: según ella, Ana Mana tenía que haberse hecho cargo de ese dinero, tenía que haber insistido con toda firmeza para pagarle al escriba¬no puesto que al final la propiedad de la calle Cachimayo sería para ella. Ana María dejó entrever, por prime¬ra vez su opinión acerca de su amiga, a la que calificó de loca y de insoportable. "No te aguanto yo, ni nadie te va a aguantar nunca", le gritó.
Después de esa primera discusión, Ana María aflojó la vigilancia amistosa con que había rodeado a Inés: poco a poco fue llamándola menos por teléfono, la visitaba muy de vez en cuando y cambió en forma radical su dis¬curso afectuoso. Ya no decía admirarla, ni extrañarla, ni sentirse feliz en su presencia. Por el contrario sacó a re¬lucir cada defecto de Inés, cada detalle de miserabilidad, cada síntoma de egoísmo.
Inés reaccionó como ante un espejo: si antes mos¬traba lo mejor de sí frente a esa amiga que se desvivía por ella, después, ante la mujer que la despreciaba, em¬pezó a presentar su costado más oscuro. La relación se enturbió más y más hasta hacerse hostil, insostenible.



El día anterior a su muerte, Inés Quintans llamó por teléfono a la escribanía del doctor Miró. Como Miró es¬taba ocupado, le dejó un mensaje a su secretaria, Paola Vanesa Giuliano. Le explicó que quería dejar sin efecto su testamento ya que desde el día en que le dejó la ca¬sa como herencia, su amiga Ana María Soba había deja¬do de llamarla, demostrando así que toda su amistad previa había sido obra del puro interés.
Pero ese no fue su único llamado. Una vez que cortó la comunicación, no pudo esperar un solo minuto para contarle a la propia Ana María la consecuencia directa de su desatención. Cuando Soba atendió, Inés le comu¬nicó que la dejaría fuera de su herencia. Después de un teatral intercambio de insultos, quedaron en hablar el tema personalmente.
El 7 de enero por la mañana, Ana María Soba fue a la casa de Inés Quintans. Había decidido cambiar de estra¬tegia y volver a ser la amiga imprescindible de siempre, la que había sido hasta la redacción del testamento.
Al llegar encontró a Inés en la cama, en camisón, deprimida y llorosa. Con un hilo de voz pidió que le en¬cendiera el televisor en el canal dos. Y mientras miraba fijo la pantalla le dijo que era una mujer interesada, deshonesta, prácticamente una ladrona, que en cuanto tuvo asegurada la casa como herencia dejó de tratarla como una amiga, y que eso era imperdonable. En contra de lo que había planeado, Ana María se dejó llevar por el odio y retrucó las acusaciones de Inés. Le dijo que en realidad había dejado de verla porque era una persona insoportable, y que la prueba de eso era que ninguna amiga le duraba, salvo una tal Patricia, que apenas apa¬recía, y una tal Nélida, que además la volvía más loca de lo que ya era.
En este punto, según lo declarado por Soba, Inés sa¬có un revólver con la intención aparente de suicidarse. Se inició un forcejeo y Soba logró apoderarse del arma, no sin antes recibir varios arañazos y tirones de pelo. "Después la vi muy mal, como que le faltaba el aire, y le puse un poco de alcohol en la nariz. Es decir, puse alcohol en un pañuelito y le froté la nariz para que estuvie¬ra mejor. Después escondí el revólver en un cantero del jardín y me fui a pagarle una cuenta a Inés, que al final no la pagué porque me olvidé el recibo en su casa. Y me fui, entonces, mientras ella todavía me insultaba. Me quedé como una hora dando vueltas por el Caballito Shopping para comprarle unos regalos de Reyes que les estaba debiendo a mis nietos. Y después volví a buscar el papel para pagar el impuesto ese, pero Inés no estaba. Mientras estaba tocando timbre apareció la otra amiga, Nélida, y nos quedamos charlando afuera. Después la amiga se despidió de mí y yo fui a buscar a Inés al parque Chacabuco, pero tampoco estaba. Cuando volví golpeé la puerta y escuché la voz de Inés, desde adentro, que de¬cía que le estaban dando una paliza o algo parecido".



A las seis de la tarde del mismo 7 de enero, el ins¬pector Alejandro Mario Prieto, de la seccional 12, fue notificado por radio de un incidente en una casa de Cachimayo 1195. Fue al lugar acompañado por un cabo de apellido Juárez y un agente de apellido Flores. Al llegar vieron la puerta abierta, entraron, pasaron por el pasi¬llo y vieron que en unos escalones que comunicaban la cocina con el comedor había una mujer que tenía en las manos una botella de alcohol y un trapo con el que le limpiaba la cara a otra mujer que estaba tirada en el piso, con la cabeza aplastada y ensangrentada. La ambu¬lancia del SAME llegó enseguida y el médico Martín Galmarini constató que la mujer que estaba tirada ya había muerto. Mientras tanto, la otra, Ana María Soba, lloraba a mares, llamaba por su nombre a su amiga Inés, y luchaba para que la dejaran seguir limpiándole la cara con el trapo con alcohol.
En toda la cocina había sangre, y también en las ro¬pas de Soba. Una vecina que estaba en la puerta de la casa, Elda María Beatini, le preguntó a Soba qué había pasado. Soba, que entraba y salía, lloraba y se retorcía las manos, le dijo que estaba tratando de reanimar a su amiga porque no podía creer que estuviera muerta.



"Después de escuchar a Inés que me decía, desde den¬tro de la casa, que le estaban pegando, probé de abrir la puerta y estaba abierta. Entré –continúa Soba en su declaración–. Mi amiga estaba tirada en el piso de la co¬chera y tenía como un hilo atado al cuello. Eso hacía que le costara hablar, estaba ronca, y yo me arrodillé y con una tijera corté ese hilo. En ese momento alguien me agarró del pelo. Alguien que vino por detrás. Y me vendaron los ojos con una tela negra. Yo insulté al que me agarró, y lo arañé, pero me dejaron a un costado. Yo tenía mucho miedo y me quedé quieta, y escuché unos golpes, como si estuvieran abriendo un zapallo, y des¬pués escuché un chorro de agua que me llamó la aten¬ción. Yo tenía tanto miedo que me sentía como en otro mundo, no tenía fuerzas para caminar ni para levantarme. Un tipo me apretó el hombro tan fuerte que me dejó un moretón y me dijo 'doblá la cabeza, lesbiana ***'. Al rato abrió la puerta una persona, una mujer, que llamaba a Inés. Le dije que pasara, por la voz era Nélida, y ade-más la pude ver porque me saqué la venda y también vi a la pobre Inés. Pensé que Nélida se iba a impresionar, entonces le dije que no mirara, que llamara a la policía. Mientras tanto volví a mirar a Inés y estaba en tal estado que pensé que a lo mejor no era ella, por eso le quise limpiar la cara. Yo estaba como loca, la quería desinfectar. Y me agarró un ataque de locura y salí a la calle a pedir que llamen a la policía, porque no llegaban nunca".



La declaración de Ana María Soba no convenció a nadie. Fue procesada por homicidio simple. En prisión, las mujeres que la custodiaban hacían esfuerzos permanentes para no acercársele: "Esta Soba, la mina que le reventó la cabeza con una piedra a una vieja, es lo más jodido que tenemos acá. Por primera vez una presa me da miedo, y eso que como policía vi muchas más cosas de las que ve cualquiera. No puedo mirarla a los ojos, no puedo. Pero todas nosotras, que trabajamos acá hace años, sabemos que esa mina es loca, tiene que ser loca, seguro. Seguro".
Ante los psicólogos forenses, Soba es hermética. Se queda sentada frente a ellos, mirando al piso, sin abrir la boca. Si insisten, ella espera un poco. Y al final levanta la vista, muy despacio, desde el suelo hacia la cara de sus interlocutores. Sonríe apenas, sin abrir la boca, y se despi¬de en toda amabilidad. "Hasta luego". Nada más que eso.
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:27 pm

ANA MARIA GOMEZ TEJERINA,ASESINA OBSTINADA
Ana María Gómez Tejerina le perdió el respeto a los hombres inmediatamente
después de que su padre se suicidara. Con sus amigas era terminante: "Yo lo vi a mi viejo recién muerto cuando se mató.
Yo tenía diez años. Y se mató porque se le ocurrió arruinarnos la vida a mi vieja, a mi hermana y a mí. Se mató delante de todas nosotras, el hijo de ***.
Y todos los hombres son iguales de jodidos". También les contaba a sus
amigas que muchas veces, después de acostarse con un hombre, sentía un asco visceral
que la obligaba a ir al baño a escupir y lavarse. Y que, salvo rarísimas excepciones, después de iniciada una relación pedía a cambio regalos o dinero.
Pero lo que a las chicas de su grupo más les gustaba escuchar era cuando Ana María les ofrecía, con toda
teatralidad, su teoría acerca de la inutilidad absoluta de los hombres, su egoísmo y su estupidez.
La teoría incluía un capítulo sexual, en donde Ana María se declaraba jefa
indiscutida.
'Yo siento que a los tipos los manejo, que cuando estamos en la cama la que
mando soy yo".
La madre de Ana María vivió ocho años más que su marido suicida. Durante ese tiempo se dedicó a lavar y planchar para poder mantener a sus hijas y pagarles el colegio de monjas.
Ana María vivía la esclavitud laboral de su madre como una afrenta de su padre y del género masculino en general.
"Si papá no se hubiera matado, vos no tendrías que estar trabajando como bestia", le decía.
En un tiempo vivían cerca de Constitución pero después se mudaron a la zona de Plaza San Martín, en Maipú 987, séptimo piso, departamento 28. Ana María había
terminado la secundaria y empezado la carrera de Sociología. En la facultad conoció al
hombre que ella imaginó a salvo de los defectos masculinos. Se llamaba Enrique
Pacheco Errea, un morocho de bigotes fuertes y piel pálida que la deslumbró desde un principio.
Ella dejó de lado sus prejuicios y se enamoró –según le contó a una
compañera de facultad– para siempre.
Pero Tejerina había sido muy pobre y era consciente de que el matrimonio con Errea la habría empujado a una remake romántica de las carencias materiales que la torturaron desde chica.
Él no solamente estaba de acuerdo con ese razonamiento sino
que, además, proponía soluciones particulares. "Tenés que casarte con un tipo de guita, después vemos cómo se la sacamos y nos juntamos nosotros".
Una noche de enero de 1974, Ana María –que entonces había cumplido 23 años–Fue a la Costanera a caminar con dos amigas. Ellas ya habían arreglado un programa para más tarde con dos amigos, y en ese caso Ana María tendría que irse a dormir.
Pero a una se le ocurrió llamar por teléfono para ver si era posible incluir un nuevo candidato que hiciese pareja con Ana María, aunque sólo fuera por esa noche, y en las averiguaciones apareció la solución perfecta: invitar a Carlos José Peretti, de 36 años, director de la firma licorera Peretti S.A., recién separado de su mujer.
Lo llamaron, Peretti aceptó y todos fueron a parar a su departamento de Malabia 3341, cuarto piso.
Cuando Ana María vio el lugar en el que vivía Peretti, se dispuso a engancharlo.
Se le acercó, fue lo más seductora y simpática que pudo y logró que él la invitara para salir al día siguiente. Después de aquel encuentro corrió a contarle a Pacheco Errea la novedad: si las cosas pasaban como ella creía que pasarían, muy pronto iban a poder vivir mejor,
con dinero, como ellos se merecían.

Ana María Gómez Tejerina se casó con José Peretti en marzo de 1975, después de un año de romance intenso. Los papeles se hicieron vía Bolivia: en esa época no existía el divorcio. Sin embargo él organizó una fiesta en el Palacio Sans-Souci.
El tema de la fiesta había sido un motivo de discusión permanente: José
argumentaba que él ya había hecho una gran fiesta de bodas y que le resultaba Incómodo volver a invitar a sus amigos y clientes tan poco tiempo después del primer casamiento, que apenas había durado nueve meses. Ana María, como toda mujer, quería su fiesta de bodas, su anillo, el vestido blanco, la torta y las cintitas.
"No podés ser tan
egoísta. Siempre tuve la ilusión del vestido de novia", le decía. Al fin Peretti cedió,aunque se tomó el trabajo de explicar a todo el mundo que si fuera por él, la fiesta no se hacía: "Lo hago por ella. Es su primer casamiento. Pero como yo ya me casé, va a ser todo simbólico, un cura amigo va a decir unas palabras y nos va a dar los anillos".
A todo esto, Tejerina ya había llevado a su casa a Pacheco Errea, para
presentárselo a Peretti como un compañero de estudios y amigo de la infancia.
"Es como un hermano", mintió. Peretti no tuvo ninguna sospecha. Cometió el clásico error de los hombres arrogantes: se veía a sí mismo como un candidato muy superior a Errea y dio por sentado que Tejerina compartiría su opinión. Por lo tanto, teniéndolo a él – candidato superior– Ana María jamás se fijaría en su compañero de estudios –candidato
inferior.
El día anterior a la boda, Tejerina y Errea fueron la demostración tangible del
gran error de Peretti: no solamente se quedaron en un hotel casi toda la tarde sino que se hicieron un juramento formal. En el momento en que Peretti le entregara el anillo a Ana María, ella juraría, internamente, amor incondicional a Errea, que estaría en primera fila mirándola. Ella daría vuelta la cabeza, como sacudiéndose una mosca, para poder mirar
a su amante a los ojos durante una mínima porción de segundo.

La fiesta fue un éxito en ese punto y en todos los demás.
La pareja fue de luna de miel a Europa durante un mes y medio. En Italia, Peretti le mostraba los lugares donde había vivido con su familia y comenzó un extenso racconto de sus negocios y empresas. Una mañana, Ana María se levantó muy
temprano y fue a buscar un teléfono. Llamó a Errea para decirle que se moría de ganas
de matar a su marido, heredar la fortuna y casarse con él. Angustiada, lloró en el tubo
telefónico y le dijo que la vida, sin él, no tenía ningún sentido. "Quiero que pienses algo
para cuando nosotros volvamos. No aguanto un minuto más estar con él".
A la vuelta, Errea ya tenía un plan: contratar a Héctor Julio Spina, un marginal
especialista en explosivos. Pocos días antes lo había contactado y habían llegado a un
acuerdo económico para que Spina pusiera una bomba en el auto de Peretti, que
estallaría apenas éste hiciera arrancar el auto. Pero los preparativos se suspendieron por
unos ocho meses, el tiempo que le llevó a Tejerina convencer a Peretti para que
cambiara su testamento y le legara sus bienes.
El empresario siempre había tenido muy en cuenta el tema de la herencia.
Cuando se separó en 1972 de Elsa Barreneche, su primera mujer, hizo un testamento a
favor de entidades de beneficencia. Pero unos años más tarde anuló ese testamento y
volvió a dejar su dinero en manos de Barreneche. En esa situación estaban las cosas
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cuando se casó con Ana María. Desde el principio ella tuvo muy en claro que tendría
que dedicar toda su paciencia y poder de seducción para conseguir que su marido testase
a su favor. La táctica de Tejerina era convencional: demostrar su ineptitud para las cosas
elementales de la vida, su incapacidad crónica para trabajar y generar dinero.
Paralelamente, se mostraba como la mujer más solícita y cariñosa del mundo.
José Piacentino, amigo de la infancia de Peretti y director de su empresa, fue el
testigo inicial de los cambios de Peretti. "En enero de 1976 me vino a ver a la oficina y
me dijo que era hora de que Ana María tuviera acceso a la llave de seguridad de la caja
fuerte. Nunca antes le había dado el código a nadie. Y a los pocos días hizo un
testamento para dejarle todo a ella".
Tejerina estaba exultante. Pasaba varias horas por día en las oficinas de su
esposo dando órdenes absurdas que se eludían con diplomacia, hasta que llegó el
momento que tanto esperaban: el día en que Perettti volaría en pedazos. Errea estaba
orgulloso del plan: en plena dictadura militar, una bomba estallando en el auto de un
empresario no sería visto como otra cosa que un ataque terrorista más. Spina fue al
garaje de Peretti, colocó el explosivo y se fue sin ser visto. Pero a la mañana siguiente,
cuando Peretti encendió el auto, la bomba produjo un estallido mínimo, insignificante.
Rompió el motor y tiró al suelo a Peretti, que salió del garaje caminando, aturdido, con
algunos vidrios incrustados en los brazos pero nada más. Había sobrevivido al primero
de los atentados que su querida esposa había planeado junto con su amante.
Tejerina se puso frenética por el fracaso de la bomba casera y martirizó a Errea
durante semanas, atribuyéndole oscuras intenciones detrás del intento fallido. Creía que
la bomba no había matado a su marido porque Errea había instruido al colocador para
que el artefacto no estallase como tenía que estallar. Según su forma de ver las cosas,
Errea quería que Peretti viviera porque no quería casarse con ella. Llegó a pensar
también que había una confabulación muy bien montada entre su marido y su amante
para quitarla del medio. Su estado nervioso era tal que tenía que hacer enormes
esfuerzos para tratar a su marido con la simulación amorosa de siempre.
Por su parte, Peretti empezó a sufrir pesadillas y terrores permanentes. Por
mucho tiempo no quiso salir de su casa. La policía –tal como había imaginado Errea–
atribuyó la bomba a un atentado terrorista. Peretti no estaba seguro de quién había
querido matarlo, pero en cambio tenía la certeza absoluta de que volverían a intentarlo.
Y en eso estaba Tejerina, desesperada, acosando en todo momento a Errea para
hacer un nuevo y definitivo intento de asesinato. Errea urdió el plan dos. Hizo varias
averiguaciones entre sus conocidos hasta dar con el matador ideal, un hombre llamado
Dardo Aldívar González, que se haría cargo de la muerte de "un empresario de mucha
guita". Le dio ocho millones de pesos de aquella época y se dispuso a esperar.
González, por su parte, no perdió un minuto. Como otras veces, fue a buscar a su
hombre de confianza, "el Tucu". Él se ocuparía del trámite.
La idea era simular un asalto en la calle y matar a Peretti. El problema era que
Peretti había entrado en pánico y se negaba a salir. Cuando después de una semana
Tejerina advirtió que su esposo estaba trabajando desde su casa, recibiendo allí a sus
clientes y proveedores y arreglando sus cosas por teléfono, lloró en brazos de Errea. Le
pidió, le suplicó, le rogó, que modificaran el plan: podían matarlo igualmente dentro de
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la casa que afuera. Errea fue inflexible: si el crimen se cometía dentro de la casa, la
policía tendría más chances de descubrir a los autores. Si Peretti era muerto en la calle,
las evidencias serían mínimas.
Resignada, Ana María siguió esperando. Sabía que en algún momento su esposo
bajaría las defensas y saldría —tenía que salir— fuera de casa. Pocos días después el
mismo Peretti, conmovido por la evidente preocupación de su esposa, le propuso salir.
Fueron a comer al restaurante preferido de Peretti, hablaron acerca del futuro, de
proyectos en común, viajes e hijos. Tejerina sabía que al volver al departamento de
Malabia estarían esperándolos los futuros asesinos de su marido. El pensamiento la
calmó. Se sirvió un poco de vino y sonrió. "Brindemos por nosotros, mi amor", le dijo,
entrecerrando los ojos negros.
Cuando llegaron al departamento, Peretti acercó el auto al garaje y vio a dos
hombres que se acercaron a él, armados. Le pidieron la billetera y lo hicieron bajar del
auto. Y mientras él buscaba en sus bolsillos, recibió el primer disparo. Le siguieron
otros siete. Su esposa nunca salió del auto, nunca miró para otro lado. Cuando llegaron
la ambulancia y la policía, ella seguía en el auto. Según uno de los camilleros, Tejerina
estaba bastante tranquila, aunque lloraba en silencio.
Peretti tampoco murió esa vez. Estuvo casi un mes en terapia intensiva y otros
tres inmovilizado en su casa. Su esposa lo cuidaba día y noche, ayudada por dos
enfermeras. Era el castigo que se había impuesto a sí misma. Por casi un mes dejó de
hablarle a Errea. No podía creer que una vez más las cosas hubieran salido tan mal.
Porque además de estar vivo, su marido estaba casi inválido. No podía haber sido peor.
De modo que Ana María pasaba sus días sentada al lado de la cama de su
esposo, viendo televisión y dándole cucharaditas de té, mientras sentía que el destino
seguía en su contra. Pero no solamente cuidaba a Peretti para castigarse, sino porque
estaba reafirmando la voluntad de su esposo de legarle todo su dinero. Y había una
tercera intención: que Errea muriera de celos.
Peretti se recuperó totalmente de los balazos. Pero estaba obsesionado con la
idea de la muerte. Cuando hablaba con sus amigos se ponía tan sensible que lloriqueaba
como un chico. "No sé qué haría sin Ana María. Me cuidó tanto, es tan buena. Y tengo
miedo de que no sepa qué hacer si yo no estoy", les decía, antes de pedirles que si a él le
pasaba algo, que por favor la cuidaran.
Las dudas de Peretti acerca de su propio futuro y sus miedos de un tercer
atentado enfurecían íntimamente a Ana María.
La mujer no podía entender cómo un hombre al que ella consideraba inteligente no se daba cuenta de que los que planeaban matarlo eran ella misma y Errea, y que no pararían hasta lograr que él estuviera bien muerto.

Pensaba que en el lugar de su esposo, ella ya hubiera advertido todo.
Su antiguo desprecio hacia el género masculino le brotaba como un manantial. Asombradísima,escuchaba a Peretti especular acerca de supuestos terroristas y de sus propios planes de
seguridad.
Él le explicaba que tendrían que cambiar los hábitos, horarios, todo, para despistar al enemigo. Ana María asentía y se decía que se había casado con un chico,con un pobre infeliz. Y eso la ponía todavía más furiosa. No aguantaba que fuera incapaz de ver lo obvio.
Tejerina redobló la apuesta matadora. Habló con Errea y le dijo que, a su manera de ver, necesitarían contratar a alguien más eficaz en su trabajo, aunque saliera más
caro. Era evidente que los anteriores criminales trabajaban sin ninguna profesionalidad.
Errea estuvo de acuerdo aunque se negó a dejar fuera del plan a Dardo González.
Decidió que González multiplicaría su eficacia si en vez de pagarle, como la otra vez,
ocho millones, le subían el salario a ochenta. El dinero, por supuesto, fue aportado por
Tejerina de la cuenta bancaria del futuro muerto.
González, una vez solo, guardó setenta millones para sí y dejó los otros diez para
repartir entre los nuevos subcontratados: Custodio Zapata, pintor de obras, y Elvio
Domingo Hernández Calistro, uruguayo desocupado. Decidieron que la fecha del
crimen sería el 14 de julio de 1976.
Ese 14 de julio Peretti salió de su casa más tarde de lo habitual. Cerca de las seis
de la tarde se reunió por negocios con Francisco Caruso y Serviliano Héctor Bullón.
Estaban en la oficina del empresario, en Avenida de Mayo 1402. Los empleados ya se
habían ido, y los dos matadores llegaron al lugar en el auto de Tejerina, con las llaves
que ella misma les había dado. Entraron tranquilamente y le dijeron a Peretti y sus dos
acompañantes que se pusieran de cara a la pared. Enseguida le dieron a Peretti un balazo
en la espalda. Cayó al suelo. Zapata y Hernández Calistro sabían que no tenían que
fallar. Le dispararon tres veces más, en la cara, y salieron.
La muerte de Peretti revivió la pasión de Tejerina y Errea. Con toda estupidez se
dejaron ver juntos pocos días después del velorio. Si por ella hubiera sido, se hubieran
casado al día siguiente. Pero Errea advirtió que los amigos de Peretti estaban alertas con
respecto a la relación entre ellos. Una tarde estaban tomando un café en La Biela cuando
entró uno de los mejores amigos del muerto. Los miró, los saludó de lejos y salió. Errea
se intranquilizó. "Tenés que salir de Buenos Aires, andá a Punta del Este por un
tiempo", le pidió a Tejerina. Ella se negó. "Me voy si venís conmigo". Fueron.
A principios de 1977, la policía mató a "Tucu", el mismo que había fallado en el
segundo atentado contra Peretti. En el mismo enfrentamiento, cayeron presos dos
compañeros de "Tucu", quienes confesaron que el muerto había participado, unos meses
antes, en un intento de crimen a un empresario, en el que ellos no habían intervenido. El
14 de marzo detuvieron a Pacheco Errea, Dardo González, Custodio Zapata y Elvio
Domingo Hernández Calistro. De inmediato fueron a Uruguay a buscar a la viuda, que
estaba averiguando cómo hacer para vender el departamento y las tierras que ahí tenía
Peretti. La mujer no tardó en confesar, aunque después cambió su declaración y dijo que
ella no sabía que su amante quería matar a su marido. Pero la policía ya había
averiguado que en pocos días antes del segundo y el tercer atentado contra Peretti, ella
había sacado dinero del banco: la misma suma que los asesinos habían cobrado por su
trabajo.
El juez de instrucción Abel Bonorino Pero condenó a la pareja de amantes, a
González, Zapata y Calistro a reclusión perpetua. En 1984 todos salieron en libertad.
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:27 pm

GRACIELA HAMMER,INCENDIARIA


Perdon me equivoque con el nombre de algunos capitulos esta es la verdadera Graciela Hammer

Perpetua a una mujer que mató al marido para cobrar el seguro.
Una mujer fue condenada a la pena de prisión perpetua por asesinar a su marido, a quien quemó vivo en un auto para cobrar un seguro de vida de 100 mil dólares.
En el fallo dictado por la Sala I de la Cámara de San Isidro, Graciela Mónica Hammes fue condenada por el homicidio calificado de su esposo Alberto Ortega, ocurrido en junio de 1998 en Benavídez, partido de Tigre.
Los jueces entendieron que la mujer fue autora del delito de homicidio calificado por el vínculo, alevosía, y el concurso premeditado de dos o más personas.
En la sentencia, los camaristas Fernando
Maroto, Roberto Borserini y Juan Carlos Fugaretta ordenaron que se investigue la participación de otra persona en el crimen.

A Hammes la condenaron por asesinar a su marido Alberto César Ortega, de 46 años, el 8 de junio de 1998.
El cadáver de Ortega fue hallado incinerado en el interior de un Fiat 600 en Los Andes, entre San Martín y ruta 9 de Benavídez, a 30 cuadras de su casa.
Para los abogados de la familia de Ortega, la mujer cometió el crimen para cobrar un seguro de vida de 100 mil dólares que había sacado con una falsa firma de la víctima.
La mujer fue detenida pocas horas después del crimen, cuando la Policía comprobó que
se había quemado las manos, presuntamente durante el incendio del auto.
Al declarar ante el Tribunal, Hammes se declaró inocente y dijo que en el momento del crimen estaba en su casa. Trató de esbozar una coartada: aseguró que las manos se las había quemado con una estufa. Pero los jueces no le creyeron.
Según la resolución judicial, quedó comprobado que Hammes golpeó a Ortega en la cabeza con un objeto contundente. Inconsciente, lo introdujo en un Fiat 600.
El expediente de la investigación judicial tiene un párrafo que demuestra el horrible final que tuvo la vida de Ortega: “La mujer procedió a quemar el vehí*** con la víctima en su interior, y el hombre sufrió lesiones de tal magnitud que derivaron en su muerte”.
Antes del crimen, Hammes había sacado un seguro de vida por 100 mil dólares a nombre de Ortega. La firma de Ortega, en la solicitud del seguro de vida, era falsa: la había imitado su mujer.
El abogado Jorge Osores Soler -uno de los representantes de los Ortega- explicó cómo se llegó a estas conclusiones: “descubrimos que antes del crimen de Ortega, Hammes había sacado un seguro de vida recíproco pero llamativo. En el seguro se decía que si moría ella, el dinero lo cobraba Ortega y el hijo de ella, pero si moría Ortega, el seguro lo cobraba ella...
Se determinó finalmente que la firma atribuida a Ortega era falsa y el perito oficial aseguró que la firma la había hecho la mujer”.
“Lo curioso era que el seguro fue sacado el 22 de mayo de 1998 y se aprobó cuatro días antes del crimen. Entonces, entendemos que el móvil del crimen fue el cobro de ese seguro”, explicó el doctor Soler.
Sobre la mecánica utilizada para la muerte, el abogado dio algunos detalles que surgen de las conclusiones de los peritos forenses: “el hombre fue golpeado en la cabeza y la autopsia demostró que murió asfixiado... o sea, que lo quemaron vivo”.
La investigación del crimen la hizo el juez de San Isidro Ernesto García Maañón. En la acusación de primera instancia el fiscal Jorge
Strauss acusó a Hammes de homicidio calificado y pidió que la condenen a prisión perpetua. Así se llegó al juicio oral y público, que comenzó en junio.
Durante el debate que se desarrolló la semana pasada, el fiscal de cámaras Julio Novo, en su alegato, solicitó que el tribunal condene a Mónica Hammes a prisión perpetua, por el delito de homicidio calificado por el vínculo y alevosía.
En tanto, los abogados Jorge Osores Soler y Martín Cruz Molina, representantes de la familia de Ortega, habían reclamado algo más: que se condene a la mujer por homicidio calificado por vínculo, alevosía, codicia y la participación de dos personas.
En tanto, en su alegato, la defensa de Hammes pidió la absolución de la mujer al entender que no está probada totalmente su participación en el asesinato.
Los jueces le dieron la razón al fiscal Novo.
Los abogados de los Ortega quedaron conformes y alabaron al fiscal y los jueces.
Ahora se abre una nueva investigación; para determinar si la mujer tuvo un cómplice que la ayudó a desvanecer a su marido para llevarlo a la muerte. Porque dio la impresión que más allá del dinero, lo quería era sacarlo del medio.
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:28 pm

ANA,CORROSIVA


Cuando salió del quirófano, Martín L. fue a reunirse con otros cirujanos.
Todavía sentía en el cuerpo ese estado de euforia mística que lo invadía cada vez que terminaba bien una operación. Esta vez el caso no había sido espectacular, pero podían haber existido complicaciones. Un brazo deformado después de un accidente de tránsito. Estaba seguro de que no habría problemas motrices posteriores, y la cuestión estética estaba completamente a salvo. Además, la chica le gustaba.
Ya en las citas previas en el consultorio le había parecido que alguna historia podrían tener. Ella, Ana Dilcor, le hacía acordar a su primera novia, y no ofrecía ninguna resistencia a su asedio sexual evidente.
Martín le sonrió a la enfermera de turno, le dio las instrucciones y se fue. Su
carrera en cirugía plástica reparadora ya le había hecho ganar dos diplomas de honor, un departamento de cuatro ambientes en Retiro y tres mujeres, sin contar a la probable Ana.
Al día siguiente, la vio en la clínica. Estaba sola en su cuarto, con el brazo
vendado y la cara abotagada y descompuesta típica de los que estuvieron muchas horas bajo el efecto de la anestesia.
El romance empezó una semana después. Enseguida fue evidente la desigualdad de condiciones en la relación: ella era –siempre– la que pedía, la que esperaba, la que rogaba.
Era, en suma, la menos querida. Él, el cirujano, asumía el papel dadivoso del
que hace el favor de estar con alguien que poco lo merece. Una vez establecidos los parámetros de ese amor desigual, el noviazgo se afianzó, lo mismo que sus miserias y sus trabas.
Ana era estudiante de medicina. En la facultad formaba parte del grupo de "las potras", unas seis chicas que estaban siempre juntas, tenían promedios altos y llamaban la atención por sus físicos exuberantes. La relación con el cirujano plástico apartó a Ana de sus estudios y de sus amigas. No es que él se lo hubiera pedido: ella misma se recluía
para esperarlo, o para esperar un llamado telefónico que siempre se postergaba. "No me ahogues, dejame vivir", le repetía Martín por lo menos un par de veces al día.
Ana, desesperada y por consejo de una amiga, decidió empezar terapia. No ledio resultado. Su psicóloga incurría en lo que ella consideraba un error fundamental:
creer que Martín no la amaba. "Nadie me entiende. Martín me ama, pero no se anima a nada serio", le explicó una vez a una compañera de estudios.
Sin embargo, unos meses más tarde sobrevino la calma. Una rutina más o menos
apacible se estaba instalando entre ellos. Se veían tres veces por semana, salían a comer,
dormían juntos en la casa de él, y a la mañana los dos se iban a la misma hora, él a su
trabajo, ella a la casa de su padre.
Una mañana, Ana dijo que se sentía mal. Tan mal como para no poder salir. Él,
apurado, no advirtió la maniobra: de ahí a instalarse en su casa, faltaban pocos pasos.
De hecho, el episodio dio pie a que ella le pidiese una copia de las llaves. Martín,
creyendo que a esa altura era un hecho inevitable, se las dio.
Poco a poco, Ana fue tomando posesión del departamento. En menos de un mes
vivía ahí la mitad de la semana, y no tardó mucho más en mudarse definitivamente.

La nueva situación la puso radiante: Ana, que de por sí era alta, rubia, de rasgos
fuertes pero armónicos, estaba más espectacular que nunca. Era por eso que Martín no
se quejaba. Veía a sus amigos cirujanos tan impresionados por su novia, que decidió
sostener una convivencia que le resultaba tediosa. La vanidad siempre lo había llevado
por mal camino.
Pocas operaciones después de la de Ana, Martín había conocido a quien
enseguida se convirtió en su amante. Nunca había podido hacer pública su nueva unión
porque era evidente que los problemas que acarrearía tal decisión eran muy superiores a
las hipotéticas ventajas. Así que Martín se veía con las dos de manera estable y
salpicaba su rutina con amigas ocasionales.
Pero –era inevitable– Ana se enteró. Supo de su rival directa por el descuido de
la secretaria de Martín, que por teléfono la confundió con la otra. El escándalo fue
tremendo. Ana lloró, gritó, amenazó con suicidarse, con matar a su rival, con
desbaratarle la clientela, y terminó aferrada a una botella de whisky, tomando del pico,
en un gesto de la más total y absoluta autocompasión.
La teatralidad de la escena fue decisiva para Martín. Comparó a la mujer que le
gritaba, ya casi borracha, con la otra, a quien recordó con unos shorts de jeans y una
musculosa, tirada en un sofá, apacible, siempre esperándolo.
"Andate ya", le dijo.
Ana no estaba en condiciones de salir sola a la calle, y Martín lo entendió. Pero
al día siguiente, cuando ella, arrepentida, quiso hacer el amor con él, la rechazó. Con la
frialdad de lo que en realidad era, un cirujano, le explicó que sí, que tenía otra, y que
prefería a la otra.
Ana, una vez más al borde de la histeria, le recordó que vivían juntos, y que
habían planeado ser socios para abrir una clínica de cirugía estética. "Ni socios ni
novios ni amigos ni nada. No te quiero ver más", fue la respuesta.
Ella lo miró de arriba abajo y le dijo lo que en ese momento pareció una frase
sacada de una telenovela. "Te vas a arrepentir de esto. No sabes cómo te vas a
arrepentir". Y se fue, sin devolverle las llaves. Él no tenía idea de que ella le estaba
diciendo la verdad.
Ana volvió a su casa en estado de enajenación. No podía entender cómo, de
golpe, la vida podía transformarse en algo espantoso. Hizo memoria de los últimos
acontecimientos. Todo era un resumen de la desdicha. Nunca antes había sentido un
rechazo tan directo como el de Martín. "No me lo merezco", le dijo a una de las pocas
amigas a las que se animó a confesarle que la habían abandonado.
Ni por un momento Ana evaluó la posibilidad de tachar de su agenda el nombre
del cirujano y dedicarse a otra cosa. Quería venganza. Lo primero que pensó fue en
llamar al íntimo amigo de Martín para invitarlo a salir, seducirlo y acaso quedar
embarazada de él. Pero no era suficiente. Ya se había dado cuenta de que Martín no era
un hombre de sufrimiento fácil. Él mismo le había dicho que jamás había llorado por
una mujer, e incluso ilustró su frialdad confesándole que ni siquiera había llorado
cuando su amigo de la infancia se reventó la cabeza en un accidente de moto.
Estaba claro que no había que buscar venganza tejiendo tramas con gente que lo
rodeaba. Lo que ella tendría que hacer era planear algo que lo afectase directamente,

algo que pudiera arruinarlo a él y a nadie más que a él.
Durante varias noches Ana hizo y rehizo el racconto de sus noviazgos y sus
novios. A pesar de que en casi todos creyó ver, en los comienzos, al amor de su vida, la
ilusión se iba disolviendo con el tiempo. Después, uno u otro tomaban la decisión de
terminar el asunto. Porque no es que nunca la hubieran dejado, sino que, en los pocos
casos en que la abandonaron, ese abandono era tan cómodo y previsible que no daba ni
para sorprenderse ni para angustiarse. Era el paso lógico de la relación. Pero con Martín
era otra cosa. Ella había advertido en él, desde el vamos, la intención de maltratarla, de
humillarla. Sabía que si no pasaba a la acción, si se quedaba con la angustia de la última
escena, con la memoria de las palabras de Martín, estaría arruinada para siempre. Ya
había visto a otras mujeres arruinadas por lo mismo.
Esa tarde, la tarde fatal, Ana compró el ácido sulfúrico en una ferretería.
Una semana antes había conseguido un revólver y una motosierra. Fue al
departamento de Martín y entró con las llaves que no había devuelto. Sabía que él
llegaría más tarde, al terminar de trabajar. Se sentó en la cama, prendió el televisor y vio
unos dibujos animados de Tom y Jerry.
Pensó en la fecha. Varios años atrás –no recordaba bien cuántos– su madre se
había suicidado. En esa misma fecha. Nunca tuvo claro por qué se mató, pero
sospechaba que tenía un amante, y que el amante cortó la relación. Estaba casi segura:
de un día para el otro su madre había dejado de arreglarse, de salir, de hablar a
escondidas por teléfono. Conocía a su madre: no estaba hecha para soportar derrotas de
esa naturaleza. Sonrió y tuvo una vaga sensación de venganza con la vida.
Todavía tenía tiempo, eran las cuatro y media. Pero en cuanto se levantó para
buscar un vaso con jugo, escuchó el ruido de la puerta que se abría. Desesperada, juntó
sus cosas y con ellas se escondió debajo de la cama. Escuchó la voz de Martín y la de
una mujer. Por lo que se decían, se dio cuenta de que ella era una de sus asistentes, y
que lo había acompañado a la casa porque él estaba con fiebre, probablemente a causa
de unas anginas que no se había curado. Solidaria, la asistente le hizo un té, le dio
remedios, y se quedó con él, durante un tiempo interminable. Estaban en el living.
Martín, seguramente, estaba en el sofá de tres cuerpos, tirado. Al fin, la asistente le dijo
que se fuera a la cama y que durmiera. Ella se iría a buscar a sus hijos a sus clases de
inglés. Ana se puso tensa: quería escuchar la despedida, quería saber si con esa mujer
pasaba algo, si había más mujeres en la vida de Martín, además de la que ella había
descubierto. No pasó nada que pudiese dar a entender que eran amantes. Tranquila a
medias, Ana escuchó que se despedían, y el ruido de la puerta. Después escuchó los
pasos de Martín, que iba al dormitorio. La luz se prendió. Desde su lugar vio las piernas,
que se acercaban a la cama. Él se sacó los zapatos y las medias, buscó un piyama que
siempre había debajo de las almohadas y se acostó. Antes, había apagado la luz
principal y había prendido la que había en la cabecera de su cama. Ana escuchó el ruido
de las páginas de un libro. Supo que él leería hasta estar rendido por el sueño. Cuando
ya habían pasado más de cinco horas, él apagó la luz. En todo ese tiempo Ana no había
hecho un solo ruido, ni se había movido, ni había dejado de estar atenta a los
movimientos de Martín. En un solo momento se imaginó a sí misma como protagonista
de una película de terror. "Ahora debería darme sueño", se dijo. Pero no.

Desde su lugar, Ana primero no vio nada, y enseguida empezó a distinguir los
haces de luz artificial que se filtraban por las rendijas de la persiana. Miró hacia su
techo, el colchón. Lo tocó con la punta de los dedos, imaginando el cuerpo de Martín
del otro lado. Pensó en cuánto le gustaba, y en lo horrible que sería todo más tarde. Pero
ella ya había tomado la decisión. Unos minutos más tarde, escuchó que la respiración de
él se hacía rítmica y pesada. Esperó un poco más, calculó con cierto orgullo que ya
había resistido seis horas esperando debajo de la cama, y salió, sin hacer ningún ruido.
Lo único que se llevó fue el frasco de ácido, un tarro de vidrio verde, como de vieja
botella de leche. El resto de las cosas quedó donde había estado ella.
Cuando se paró, notó que no estaba acalambrada. Pensó que eso era una señal
del destino, que aprobaba lo que estaba por hacer. Miró a Martín, dormido con la boca
abierta. Destapó la botella y roció con el ácido a su ex, empezando por la cara.
Martín sintió la quemadura. El dolor era inhumano. Atinó a prender la luz y
escuchó a Ana: "¡Te lo merecés, hijo de ***! ¡Te lo merecés! ¡Por basura te lo
merecés!".
Él trató de ver, pero era imposible. El líquido también le había entrado en los
ojos, y en la boca, y en las manos, y en casi todo el cuerpo. Supo que era ácido: cuando
estudiaba, había encontrado casos así en los libros. Y le había tocado atender uno, en
una de sus prácticas. Sabía, entonces, que el ácido es corrosivo, y que la corrosión se va
incrementando segundo a segundo. A los gritos, llorando, temblando, le pidió a Ana que
llamara a Segundo, un amigo también cirujano. Ella empezó a dudar. No podía dejar de
mirar a Martín, con unas heridas y llagas indescriptibles, y sintió arcadas. No puedo
dejar que llame, pensó Ana. Pero entró en crisis y se quedó temblando al costado de la
cama.
Como pudo, Martín fue hasta el teléfono y llamó a su amigo. Milagrosamente
atendió él. "Ana me tiró ácido, me estoy muriendo, flaco, ¿qué hago?", pudo decir, con
una modulación casi imposible de entender ya que el ácido le estaba actuando también
sobre la lengua. Antes de salir disparado hasta la casa de Martín, Segundo le dijo que
fuera a la ducha y que dejara que le corriese mucha agua por el cuerpo, incluidos los
ojos.
A tientas, gritando, Martín llegó al baño y se metió bajo la ducha. Ana, con los
ojos desorbitados, lo siguió. No atinaba a decir nada, ni a hacer nada. Solamente lo
miraba, y se tapaba la boca con la mano izquierda, como para no descomponerse, o
como para no gritar.
Mientras Martín seguía bajo la ducha, llorando, tendido en el piso de la bañera,
llegó Segundo. Fue directo a lo del portero, le explicó todo y le pidió las llaves.
Había una ambulancia esperando abajo. Llegó casi al mismo tiempo que el
patrullero policial.
Martín L. nunca más pudo trabajar como cirujano plástico ni como nada. Quedó
ciego, deforme, perdió buena parte de las manos, la lengua, el pelo, las orejas y los
órganos sexuales.
Los abogados de Martín afirmaron que era muy clara la tentativa de homicidio,
teniendo en cuenta que debajo de la cama fueron encontrados un revólver y una
motosierra.
Ana fue declarada culpable por lesiones graves. En su defensa argumentó que
llevó apenas un frasquito de ácido con el que iba a amenazarlo, pero que se lo tiró
cuando él se disponía a atacarla. Después de seis años, ella recuperó su libertad, retomó su carrera de medicina y
se recibió. Hoy atiende su consultorio. Es pediatra.
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:28 pm

IRMA, LA DE LOS PECES.

Desde muy chica, Irma M. se había acostumbrado a estar sola. Sin padre, sin hermanos y con una madre que tenía que trabajar en una fábrica, pasaba el día al cuidado de una pariente desamorada que no la aguantaba y se encerraba en el living a recibir a sus novios.

Irma iba a la escuela en el turno de la mañana, y a la tarde miraba por la ventana de la cocina el terreno baldío que estaba al lado de su casa, donde los chicos del barrio jugaban a la pelota y se peleaban entre sí.

Para su cumpleaños número diez, le pidió a su madre, Pilar, un perro o un gato de regalo. La madre se apiadó de la soledad de la hija y decidió darle el gusto con una leve diferencia: cambió la mascota que quería la hija por una pecera con cuatro peces de colores. Irma no protestó y aceptó los peces con entusiasmo.

El ambiente inhóspito de su casa propiciaba una relación intensa entre la nena y los peces: en menos de una semana ya les había puesto nombres, imaginaba romances acuáticos, les daba de comer con cuidado maniático y les hablaba sin parar.

Los fines de semana eran los días en los que la madre estaba con Irma y la llevaba a visitar a las primas de su edad. Pero Irma ya casi no quería salir para no separarse de sus peces.

Pilar veía la relación entre Irma y sus mascotas con alguna preocupación, pero se quedaba tranquila cuando la maestra de la hija le decía que era una de las mejores de la clase, que sus compañeras la querían y que no veía nada anormal en su conducta.

Con el tiempo Irma se fue haciendo una experta en peces. Los primeros que tuvo ya habían muerto, uno por uno, pero la madre los iba reemplazando, consciente de lo importantes que eran para su hija. Irma había aceptado con dolor que la vida de sus peces era limitada, pero hacía lo posible para que vivieran cómodos y sanos.

Su paso por el colegio secundario le permitió tener más amigas y hasta un novio, pero conservaba el hábito de hablar con los peces todas las noches. Estaba convencida de que la querían, la entendían y la extrañaban cuando no la veían.

A los dieciséis años tuvo que dejar el colegio para trabajar, porque la fábrica que empleaba a su madre había quebrado. Irma salió a limpiar casas. Con su primer sueldo compró una pecera mucho más grande y varios peces más. Dos años después tuvo que ir a la municipalidad de su pueblo para hacer una serie de trámites, y ahí conoció a Osvaldo, un empleado administrativo doce años mayor que ella.

Osvaldo la invitó a tomar un café el primer día que la vio. Sin dudarlo demasiado, ella rompió su noviazgo con su ex compañero de colegio. Irma y Osvaldo se casaron ese mismo año y fueron a vivir a la casa de él. Ella juntó toda su ropa en un bolso, trasladó su pecera, renunció a su trabajo y empezó su nueva vida de mujer casada.

A Irma su marido le parecía un hombre interesante, culto y entretenido. Con él se divertía y se sentía protegida. Le había prometido, además, que algún día conseguiría un traslado y dejarían la Patagonia helada para irse a vivir a Misiones, cerca de las cataratas del Iguazú.

Como el sueldo de Osvaldo apenas les alcanzaba para llegar a fin de mes, él le ayudó a Irma a conseguir un trabajo en un bazar. El dueño era un español viejo y encantador llamado José, que se encariñó con Irma en el acto. El sueldo era mínimo, pero le permitía a la pareja vivir sin sobresaltos económicos. Le alcanzaba a ella, además, para pagarle a la madre alguna cuenta y para mantener a sus peces "como príncipes", según le contaba a José.

Los peces seguían siendo una presencia importante en su vida. Irma estaba contenta con su marido, pero a medida que pasaba el tiempo se sentía más sola, y más se apegaba a sus mascotas.

Para cuando cumplieron veinte años de casados, el matrimonio trastabillaba. Osvaldo seguía trabajando en la municipalidad y rumiaba rencor contra la injusticia de haber llegado a su techo sin haber accedido a un cargo jerárquico. El fracaso laboral repercutía en su carácter: vivía malhumorado, le costaba dormir, tomaba ansiolíticos y descargaba su angustia maltratando a su mujer. Irma se refugiaba en el bazar. Pasaba tardes enteras tomando té con José, quitando el polvo a las ollas, ayudando a las clientas a elegir regalos y cuidando a los nietos de su patrón: la hija de José tenía dos hijos mellizos que adoraban a Irma y la visitaban día por medio. La presencia de los chicos le entristecía porque le recordaba que ella misma nunca había podido quedar embarazada. Su ginecólogo no le había encontrado ninguna anomalía, y le explicó que antes de iniciar un tratamiento su marido tenía que hacerse un análisis sencillo para ver si el problema lo tenía él. Osvaldo se indignó ante la propuesta: era obvio que él no tenía problemas físicos y jamás se haría ningún estudio humillante. Sugería, a cara de perro, que la responsable era ella y que no había más que hablar.

En esas tardes de trabajo y tés, José convenció a Irma de que tenía que terminar el colegio secundario. Ella se inscribió en un curso nocturno. Apenas cerraba el bazar, corría para el instituto a cursar su bachillerato acelerado. Osvaldo jamás apoyó esa iniciativa de su mujer, y menos todavía cuando se enteró de que quería su título para estudiar una carrera universitaria. Intuía que, si ella crecía, lo vería a él cada vez con menos admiración y menos interés. Pero eso ya era cierto: a Irma su esposo hacía tiempo había dejado de parecerle esa persona culta y sensible que la había convencido para casarse. Ahora lo veía como lo que era: un hombre inseguro, resentido, miedoso. La nueva realidad –la que ella advertía a través de su propio crecimiento– había sacado a la luz el flanco más débil de su marido.

Osvaldo se dio cuenta, como Irma, de que las peleas entre ellos se multiplicaban. Cada día había un nuevo motivo para protestar, gritar e irse a dormir agotados y hastiados.

Irma ya no volvía a su casa a las ocho de la noche sino cuando salía del instituto, pasadas las once, lo cual avivaba el malestar de Osvaldo. El, que terminaba de trabajar a las seis, era incapaz de arreglar la casa, lavar la ropa o cocinar. Se quedaba esperando frente al televisor, mientras imaginaba que su mujer lo engañaba con sus compañeros de clase o, incluso, con algún profesor.

Irma llegaba a las corridas, sabiendo que tenía que ponerse a cocinar. Había abandonado las preparaciones elaboradas y cocinaba cualquier cosa simple y rápida, mientras les hablaba a sus peces y los alimentaba. "Esos pescados de mierda comen mejor que yo" era la frase recurrente que Irma ya ni escuchaba de tanto haberla escuchado.

Cuando Osvaldo terminaba de comer se iba a la cama. Irma arreglaba la cocina, repasaba las lecciones de su bachillerato, sacaba la ropa del lavarropas, planchaba lo que le había quedado del día anterior y hablaba un poco más con sus peces. Los examinaba con mucho cuidado para detectar hongos o algún otro problema, y les contaba lo que había hecho durante el día. "Hoy mami tuvo mucho trabajo. Además, José me dejó sola porque tuvo que hacer un trámite. Y en la escuela me fue bien, pero mañana tengo examen de química." Les hablaba muy despacio, casi en un susurro, para que Osvaldo no pudiera oírla.

Una tarde José se sintió mal y hubo que llevarlo a un hospital. Quedó internado: había tenido un infarto. El médico le explicó que tendría que dejar de trabajar. José trató de convencer a su familia de que lo dejaran conservar el bazar pero fue inútil: su esposa y sus hijos decidieron por él. Pondrían en venta el local esa misma semana. Irma seguía trabajando, ajena a todo. Cuando un día, después de cerrar, fue a visitar a José con una lista de toda la mercadería que tenían que reponer, se enteró de la novedad.

Al día siguiente fue al negocio y puso un cartel con grandes letras negras, tal como le había indicado José: "Oferta final. Liquidamos todo por cierre".

Osvaldo le dijo que no podían vivir sin un sueldo extra, y que él se encargaría de conseguirle otro trabajo. Mientras tanto, Irma pasaba las tardes sentada en la cocina, observando a sus peces, pensando en su futuro vacío y extrañando las charlas con José. Con alarma se dio cuenta de q ue José jugaba en su vida un papel mucho más importante de lo que ella misma suponía: tapaba la enorme grieta afectiva que se había instalado en su matrimonio. Era a José a quien le contaba acerca de sus proyectos para estudiar veterinaria, sus dudas para votar en las elecciones, su odio por las tareas domésticas, sus ganas de tener un hijo. Tanto hablaba con José y con tanto entusiasmo, que casi ni se daba cuenta de que con su marido apenas se saludaban.

Cuando el bazar cerró, a Irma le quedaron, apenas, los peces.

Osvaldo apareció una tarde con la novedad: le había conseguido un nuevo empleo. Tenía que controlar a los mozos y cocineros del restaurante que había abierto un conocido de su familia. Entraría a trabajar a las cuatro de la tarde y saldría a medianoche. Irma miró a su marido, indignada. "¿Vos te olvidaste de que yo entro a estudiar a las ocho?" El marido fue tajante: no se había olvidado, pero no veía inconveniente en que ella pospusiera el estudio para otro momento de su vida. "Total, si esperaste hasta ahora, que tenés casi cuarenta, podés esperar más." Irma trató de razonar con él: le faltaba apenas un año y medio, y después ya podría empezar una carrera universitaria. "Necesitamos ese sueldo. Y es lo único bueno que te pude conseguir."

Irma, desorientada, miró el reloj y juntó sus cuadernos. Cortó la conversación y se fue al instituto.

Hacía frío, y cuando llegó estaba helada y agobiada. Se encontró con una compañera que solía sentarse con ella: era una cincuentona divorciada y feliz que se ganaba la vida cosiendo vestidos de novia. La compañera la llamó, apurada, y le pidió los ejercicios de matemática que tenían que entregar ese día. Irma le dejó su carpeta y le dijo que tenía que ir al quiosco a comprar chicles. Nunca más volvió.

Osvaldo tomó la deserción escolar de su mujer como una victoria personal. Ella empezó a trabajar pocos días después. Se consolaba calculando que, por lo menos, no iba a tener que pasarse de la mañana a la noche en su casa pensando en el fracaso de todos sus proyectos.

Como siempre, hizo su trabajo con eficiencia. No le gustaba controlar a nadie, y menos imponer sanciones disciplinarias cuando las cosas no funcionaban, pero se adaptó a su nueva realidad y trató de hacer todo de la mejor manera posible. Lo peor era volver a su casa y encontrar al marido despierto y dispuesto a tirarse encima de ella.

Justificaba su ansiedad sexual diciendo que su insomnio lo mortificaba de tal manera que la única manera de superarlo era haciendo el amor. "Me sirve para dormir", le explicaba él, sin siquiera preguntarse para qué le servía a ella.

Para su cumpleaños número treinta y nueve, Osvaldo le regaló medias. Fue a una lencería y pidió varios pares: tres de textura gruesa, para usar en el trabajo, y otros dos de textura fina y sedosa, "para usar conmigo". Irma le agradeció, guardó todo en los cajones de su cómoda y fue a la pecera a alimentar a los peces con un nuevo preparado que había comprado en la veterinaria.

Para esa época, Irma había vuelto a la carga con la idea de ser madre. No había logrado que su marido se hiciera análisis de fertilidad, pero de todas formas intentó embarazarse. Calculaba las fechas de su ovulación tomándose la temperatura y, cuando podía, lograba que su ginecólogo le hiciera una ecografía que le diera precisiones. Entonces, sin decirle a Osvaldo que estaba pensando en su maternidad, lo provocaba en la cama sin mayores preámbulos. Osvaldo creía entonces que su mujer seguía tan entusiasmada con él como hacía veinte años.

Pero después, cuando ella comprobaba que el embarazo no se producía, solía meterse en la cama sin comer y quedarse despierta durante horas, hasta que empezaba a amanecer. Entonces se levantaba e iba a ver a sus peces, que a esa hora solían estar quietos, suspendidos en la vegetación artificial de la pecera.

Una nuera de su ex patrón, con quien tenía cierta confianza, la llamó una mañana para invitarla a tomar un café. Cuando se encontraron, le dijo que José le había contado de su interés por ser madre. Le sugirió entonces anotarse en un juzgado para adoptar un bebé. "Una amiga lo hizo. Esperó menos de dos años, y pudo adoptar un chiquito de cuatro meses. Probá vos también." El entusiasmo de Irma fue dando lugar a la decepción anticipada. Sabía que su marido no iba a aceptar la idea. Esa noche le contó la charla con la pariente de José. Osvaldo se indignó. "¿Por qué ese José no se mete en sus cosas? Que no venga a decirme a mí lo que hay que hacer. Y si vos no podés tener hijos, no podés tener hijos y punto. No es obligación tener hijos. Así que ninguna adopción ni nada."

La respuesta de Irma apenas se escuchó. "¿Yo no puedo tener hijos? ¿Y si sos vos el que no puede tener hijos?" Osvaldo se quedó callado, sin saber qué contestar. Se levantó del sillón, y se acercó a Irma. Conteniendo la furia le dio dos palmaditas en la cabeza. "Pobrecita... Andá a cuidar a tus pescaditos, andá."

Casi un año después de empezar a trabajar en el restaurante, una amiga de su madre le hizo a Irma una oferta: tenía un negocio de venta de dulces y conservas pero quería ampliarlo e instalar un bar justo al lado. Se había desocupado el local contiguo (del que ella también era propietaria) y se disponía a alquilarlo y unirlo al negocio para concretar el proyecto. El problema era que ella no tenía ni tiempo ni ganas de manejar ese bar. Necesitaba una persona de confianza que se hiciera cargo de todo. Irma estaba exultante. Fue a su casa y encontró a Osvaldo, como siempre, frente al televisor. "Te tengo una noticia buenísima", fue su introducción, y pasó a contarle la propuesta. "Yo sería como la dueña, decidiría qué preparo, qué se cocina, todo. Y como en el local de esta mujer siempre hay gente, pasarían después a tomar algo y comer alguna cosa." Osvaldo la miró con desprecio. "¿No ves que no tenés cabeza? Que la gente vaya a comprar dulces no quiere decir que se quede tomando café y comiendo tus tortas." Enseguida pasó a las cuestiones prácticas y le preguntó qué tenía que poner ella. "El alquiler, claro. Y dos meses de adelanto." Osvaldo vio que había ganado la partida antes de salir a la cancha. "No tenemos un peso para ese adelanto. Y no podemos pagar un alquiler sin saber si nos va a ir bien. No podemos arriesgar. Quedate en el restaurante." Irma, casi llorando, le dijo que con el nuevo trabajo podría ganar más dinero, tener independencia y, sobre todo, podría retomar sus estudios. Osvaldo fue tajante. "Olvidate. No se puede y punto." Para rematar el asunto, agregó una broma: "El otro día en la tele salió una viejita de ochenta y dos años que terminó la secundaria. Vos esperá un poquito más y vas a poder salir en la tele, cuando te recibas". Osvaldo terminó de hablar y lanzó una carcajada desafiante. Irma lo miró, indignada: "Por ahí salgo en la tele por otra cosa".

Un domingo de invierno, a la noche, Osvaldo le dijo a su mujer que se vistiera: irían a visitar a unos parientes. Irma estaba en la cama leyendo una revista, resfriada. Le dijo que estaba cansada, que era su día franco, que tenía ganas de quedarse acostada y que fuera él solo. "Dale, vamos juntos. Mis tías te quieren ver, también. ¿Qué te cuesta?" Irma siguió diciendo que no y Osvaldo tomó la cuestión como algo personal. Irma cerró la revista. Había llegado al límite de su paciencia. Con voz pausada le dijo que no se movería de la cama. Osvaldo le sacó la frazada e insistió. Irma empezó a gritar, descontrolada. "¡No tuve hijos, no pude terminar el secundario, no pude poner un mísero bar acá a la vuelta, no pude adoptar un bebé! ¡Por lo menos dejame en paz!"

Irma ya había saltado fuera de la cama y se había parado al lado de Osvaldo, para gritarle en la cara. Osvaldo, furioso, fue para la cocina, pero Irma ya no se podía contener. Le seguía gritando que era un fracasado, que no podía soportar que a ella pudiera irle bien, que hacía años que quería separarse de él pero que no lo hacía por cobarde.

Osvaldo, que ya había llegado a la cocina, se paró en seco. "¡Andate, entonces! ¡Y llevate también esta mierda!", le gritó a su vez, señalando la pecera y tirándola al piso de un puñetazo.

Irma se quedó inmóvil, viendo cómo sus siete peces de colores boqueaban en el piso, en medio de vidrios rotos, arena y adornos de plástico. Sin atinar a nada los miraba, llorando en silencio. La agonía de los peces tardaba en terminar: los segundos pasaban y los peces seguían retorciéndose con la boca abierta, hasta que al fin se quedaron quietos.

Osvaldo, acaso comprendiendo la gravedad de lo que había hecho, buscó un abrigo y salió.

Cuando volvió, dos horas después, Irma estaba sentada en una silla. En la mesa había una toalla donde había colocado a los pescados unos al lado de los otros. Los iba acariciando despacio, pasándoles el dedo por las aletas, rozándolos apenas.

Osvaldo la miró, pasó de largo y se fue a acostar.

Irma esperó a que su marido se durmiera. Envolvió un pisapapeles muy pesado con uno de los pares de medias que él le había regalado para su cumpleaños anterior. Reforzó el envoltorio con otro par y fue al dormitorio. Se paró al lado de su marido, que dormía boca abajo y, sin prender la luz, le partió la cabeza con diez golpes certeros. Después se dio una ducha caliente, se puso una ropa abrigada y fue a entregarse a la policía. "Maté a mi marido, pero él no se dio cuenta."

Irma quedó detenida esa misma noche. Espera la sentencia mientras hace cursos de inglés y computación. Cuando alguna visita le pregunta cómo se siente en la cárcel, levanta los hombros y contesta, cansada: "No hay gran diferencia con mi vida de casada".
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:30 pm

Maria, Creyente

16 mar (EFE).- Una mujer argentina mató a su hija de 17 años porque creía que estaba poseída por el demonio y fue capturada cuando se dirigía a una capilla junto a un menor al que consideraba "un enviado de Dios".

La adolescente de 17 años fue asesinada, a golpes y puñaladas, con un martillo y un cuchillo, por su madre Susana Manzano de Bustamante. La mujer fue detenida por la policía cuando caminaba por Necochea, junto con otro hijo de 10 años, con una bata y un cubrecama con manchas de sangre.
A la adolescente la encontraron sin los ojos, con la cara desfigurada y un cinturón en el cuello."La maté porque estaba endemoniada", le dijo Manzano a los policías. Según los investigadores, una parapsicóloga estaría vinculada con el crimen y el fiscal de la causa ya pidió su detención

El caso de Susana Manzano y su hija Jorgelina Bustamante conmocionó a la ciudad de Necochea, a unos 500 kilómetros de Buenos Aires, en la costa atlántica, y provocó también la detención de una parapsicóloga como presunta instigadora, informó hoy un diario local.

Según el matutino de Necochea Ecos diarios, la parapsicóloga es sospechosa de "ejercicio ilegal de la medicina, usurpación de títulos e instigación al delito".

El crimen ocurrió el pasado viernes, pero no trascendió hasta hoy, cuando los medios locales publicaron los macabros detalles de lo que la policía encontró en la humilde casa de la familia.

Antes, habían detenido en la calle a una mujer que caminaba cubierta solo por una bata y una colcha ensangrentadas, acompañada por un niño y que parecía tener sus facultades mentales trastornadas.

Cuando fue detenida, la mujer dijo que se dirigía a un templo cercano a entregar al párroco los ojos de su hija para que los bendijera, pero, según Ecos Diarios, no los tenía consigo, porque los perdió en el camino.

En la cocina de la vivienda familiar los agentes encontraron en medio de un charco de sangre el cadáver de Jorgelina, con una soga en el cuello, sin globos oculares, un hierro insertado en la vagina y la cara y la cabeza destrozadas a golpes, además de señales de puñaladas y golpes por todo el cuerpo.

Según Ecos Diarios, la policía cree que el crimen de Jorgelina fue consecuencia de un ritual de purificación, pues en la casa se hallaron fotos rotas y otros elementos que se utilizan en estos casos, como una cantidad importante de algodón.

La madre relató a la policía que la víctima "estaba poseída por el demonio" y que el menor que la acompañaba, de 10 años, era un "enviado de Dios".

El padre de la joven asesinada no se encontraba en casa cuando se produjo el crimen, pues trabaja en otra ciudad durante la semana, pero si estaba la abuela paterna de Jorgelina.

Desde el mismo momento en que se conoció el hecho, la investigación se orientó hacia un posible "delirio místico". En ese contexto se detuvo como sospechosa a una parapsicóloga a la que Susana Manzano visitaba periódicamente, identificada por Ecos Diarios como Marita Nazar.
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:31 pm

Sandra, La gestora

Osvaldo Alfredo Godoy tenía 37 años y dicen que la relación con su pareja ya estaba muy deteriorada, aunque seguían viviendo juntos. Por eso, la historia tuvo un final trágico: en una discusión el hombre fue asesinado a tiros. Después, con una amoladora, su cuerpo fue cortado en 25 pedazos. Y, abusando de la buena fe de todo un barrio, lo enterraron en la huerta comunitaria del lugar. Ayer, los restos fueron hallados y desenterrados. Su mujer y un supuesto amante de ella están presos, acusados de homicidio.

La terrible historia ocurrió en una casa de Brandsen y Lavalle, en la localidad de Funes, en las afueras de Rosario. Allí, desde hace un año, Godoy vivía con María del Carmen Rómbola (de 44 años). Es una zona de clase media y la casa está a nombre de la mujer.

Según pudo reconstruir ahora la Policía, en la mañana del domingo pasado la pareja volvió a discutir. Y dicen que, en medio de la discusión, la mujer agarró un revólver calibre 32 que estaba en la casa, disparó contra Godoy y lo mató.

Ante esa situación dicen que la mujer llamó a Andrés Daniel Piscoto, un albañil de 42 años, con el que tendría una relación. Según los investigadores, en ese momento empezaron a preparar la forma de deshacerse del cuerpo: según los investigadores, lo pusieron en un tanque que tenía agua y cal y lo tuvieron unas horas.

Después, cerca de la medianoche, tomaron una decisión terrible: con una amoladora lo trozaron en 25 partes y pensaron cómo hacerlo desaparecer.

Así, en la tarde del miércoles 6, Rómbola llegó hasta el barrio Belgrano, de Rosario, en Monte Flores al 7400. En ese lugar hay una huerta comunitaria en el que trabajan muchos jóvenes del lugar.

Esa tarde, Rómbola habló con Carina, una mujer de 32 años que coordina los trabajos del barrio. Dicen que le dijo que trabajaba para la Municipalidad de Rosario en tareas comunitarias. Y le mostró unos planos para construir un horno para hacer pan y pizzas. También dijo que había que preparar un pozo para poner una base de cemento.

Engañada en su buena fe, la encargada accedió a colaborar y dijo que varios chicos podían ayudar en los trabajos. Quedaron en que lo harían al día siguiente, porque ya estaba oscureciendo.

En la mañana del jueves, Rómbola llegó acompañada de Piscoto. En un vehí*** llevaban varias bolsas con cemento, arena y cal. Se cree que allí también llevaban los restos de Godoy. Con la colaboración de los chicos hicieron un pozo de un metro y medio de profundidad y un metro de largo. Cuando terminaron, les dijeron que se fueran porque ellos se ocuparían de hacer lo que faltaba. Y que después los llamarían para capacitarlos en el uso del horno.

Con el nuevo engaño, enterraron los restos de Godoy, volvieron a cubrirlos con cal y después hicieron una loza de cemento de unos siete centímetros de espesor.

Pero todo iba a cambiar. Según la Policía, unos vecinos de la pareja de Funes llamaron y les dijeron que, en la mañana del domingo 3, habían escuchado balazos.

Entonces, gente de la Brigada de Homicidios empezó una investigación y el viernes, con una orden de allanamiento, fueron a la casa y encontraron a la mujer y a Piscoto que estaban durmiendo. Dicen que luego, en el interrogatorio, Rómbola se quebró y en medio de una crisis de llanto contó todo. Y también mencionó el lugar donde estaba el cuerpo.

Ayer a la mañana, personal de Bomberos, de la Sección Criminalística, de la comisaría 32ª y de la Brigada de Homicidios, fueron a la huerta y, con picos y palas, comenzaron a excavar. Un centenar de vecinos curiosos los miraban sin entender.

Después de tres horas de duro trabajo encontraron los restos; luego los llevaron al Instituto Médico Legal.

Antes de establecerse en Funes, Godoy y Rómbola habían vivido en el barrio Alberdi de Rosario. Allí tenían una especie de gestoría del automotor. Y, según la Policía, hace tres años fueron investigados por falsificación de títulos de automotor, adulteración de tarjetas verdes y falsificación de documentos públicos. También revelaron que Godoy tenía un antecedente por amenazas y que esa vez le habían secuestrado una pistola Magnun 357.

Carina ayer seguía conmovida por el hecho y no salía de su asombro. "Me engañó como a una criatura, pero ahora mi preocupación son los chicos; son pibes que, con gran sacrificio, sacamos de la calle", dijo a Clarín. Y agregó: "Hay mucha gente que trabaja en este emprendimiento, son más de 25 personas que colaboran; no tenemos palabras, pensar que nos ofreció ayuda".

"Caímos en la trampa porque tenemos un proyecto presentado en la Secretaría de Promoción Comunitaria de la provincia para construir un horno. Pero lo más grave es el engaño a los chicos. Pensar que les hizo hacer el pozo para enterrar al hombre que mató... es algo tremendo", dijo la mujer.

Antonio, un hombre de 55 años y vecino del barrio, también expresó su bronca: "Qué coraje el de esta mujer, fue muy astuta al venir a un lugar donde nadie la conocía. Debe haber tenido algún dato de que aquí querían construir un horno para hacer pan. Y estaba metida en un crimen terrible".
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:31 pm

SUSANA, DUEÑA DE CASA

Un conocido abogado de la localidad bonaerense de Banfield, Pedro Prada Errecart, fue asesinado ayer en su estudio. Por el crimen hay un detenido: su propia esposa, sospechada de haber matado al marido de una puñalada.
El hecho fue denunciado a las 3 de la tarde de ayer. Cuando la Policía llegó al lugar, en Leandro Alem al 1000, la mujer todavía estaba ahí. La denuncia la hizo una empleada del estudio jurídico que, según informaron a Clarín fuentes policiales, escuchó la discusión que la pareja habría tenido antes del crimen.
La detenida se llama Vilma Parra y tiene 38 años. Su marido tenía 50. El matrimonio tiene dos hijos menores de edad y la casa de la familia está junto al estudio.
Los voceros policiales precisaron, sin embargo, que Parra —también abogada— y Prada Errecart no vivían juntos desde hacía un mes. De todos modos, seguían trabajando juntos. El crimen, dicen, se cometió con un cortapapeles metálico que al hombre le clavaron en el pecho.
Este abogado cobró cierta notoriedad a comienzos de este año, cuando presentó una acción de amparo en la Justicia en lo Contencioso Administrativo porteña. Cuestionó la legitimidad de la Asamblea Legislativa que designó a Eduardo Duhalde como presidente de la Nación, pero el planteo fue rechazado.
Prada Errecart también había hecho una denuncia penal por este tema. Clarín no pudo confirmar ayer si la víctima del asesinato tiene algún parentesco con un juez en lo Civil de la Capital Federal cuyo nombre de pila es Miguel y tiene el mismo apellido.
La empleada que hizo la denuncia alcanzó a escuchar —según la versión policial— que la mujer le pedía a su marido el divorcio. Y que éste se lo negaba.
El caso quedó a cargo del fiscal José Luis Juárez, del departamento judicial de Lomas de Zamora. Parra va a ser indagada hoy por la tarde. No
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:32 pm

yiya murano,envenenadora

María de las Mercedes Bernardina Bolla Aponte de Murano, más conocida como Yiya Murano (La envenenadora de Monserrat), (20 de mayo de 1930 - Corrientes, Argentina) es una mujer tristemente conocida en Argentina por haber cometido tres homicidios, siendo declarada culpable el 28 de junio de 1985.

Este es uno de los casos policiales más famosos de la Argentina.

La historia de esta enigmática mujer, esposa de un abogado e hija de militares, empezó el 24 de marzo de 1979 cuando Zulema de Venturini moría en la escalera del edificio de la calle Hipólito Yrigoyen donde vivía.

Los médicos diagnosticaron paro cardíaco. Las hijas de Zulema se percataron de que entre las pertenencias de su Madre, faltaba un pagaré por un valor de 20 millones de los entonces pesos ley. El portero del edificio dijo que mientras la Sra. de Venturini agonizaba en el interior del edificio, una mujer había llegado a visitarla con un misterioso paquete en mano (que luego se descubriría que eran masas, una especie de galletas dulces, muy común en Argentina), había entrado en la vivienda de la mujer y salió raudamente con un papel en la mano y con un frasco en otra. Era Yiya Murano, la deudora de ese pagaré.

Se realizó una nueva autopsia. Los peritos descubrieron cianuro en el cadáver, los investigadores relacionaron el veneno con el supuesto frasco mencionado por el encargado. Se supo que Nilda Gamba, vecina de Yiya, murió el 10 de febrero. A pocos días un infarto mata a otra amiga de Yiya, Lelia Formisano de Ayala. A ambas mujeres, Murano les debía dinero y ambos cuerpos presentaban signos de haber sido envenenados con cianuro. El cianuro, era camuflado dentro de las masas.

El 27 de abril de 1979 la Policía detuvo a la señora Murano en su hogar, en la calle México. En 1980, fue encontrada desmayada en el penal donde estaba presa (Ezeiza); luego de eso, se le extirpó un tumor. En el mes de junio de 1982 el juez de Sentencia Angel Mercardo la absolvió de todos los cargos y la deja en libertad.

A mediados de 1985, en pleno juicio por los ex dictadores, Yiya había sido casi olvidada. Hasta que fue condenada. Ella insistía en que era inocente: Nunca invité a nadie a comer, fueron sus palabras.

Por reducción de la condena y la famosa ley del 2x1, salió de prisión después de 10 años. Se supo que a los jueces que intervinieron en su puesta en libertad les había enviado, como señal de agradecimiento, una caja de bombones.[1] No se sabe si alguien los probó. Su marido había muerto; su hijo, Martín, escribió un libro difamandola. En el año 1998 se sacó una espina, la de declararse inocente delante de una buena parte de la población en uno de los almuerzos del programa de TV de Mirtha Legrand.

A Yiya se la recuerda con una especie de cariño y es motivo de bromas en determinadas conversaciones. Su imagen de abuela bromista y sencilla continúa confundiendo a la población, que frecuentemente fantasea con su inocencia.

La autora argentina Marisa Grinstein la incluyó en su libro "Mujeres Asesinas con su caso titulado "Yiya Murano, Amiga" y en el año 2006, el programa de televisión de Canal 13 Mujeres Asesinas, rindió una especie de homenaje al epidosio, recreándolo en la serie, siendo Yiya interpretada por la actriz Nacha Guevara. Al final del epidosio, se ve a la verdadera Señora Murano añadiendo un comentario al respecto y defendiendo su supuesta inocencia, brindando pruebas a su favor (ver video:[1]). En la adaptación mexicana de la serie, en segunda temporada hay un capítulo recreando el caso titulado Tita Garza, Estafadora interpretado por Patricia Reyes Spíndola.

En 2008 nuevamente volvió una denuncia contra Yiya, esta vez denunciada por su sobrina, quien dice que su tia la quiso envenenar con fideos con manteca, a los que les habría puesto veneno según denuncia su sobrina. Esto no se pudo comprobar.

En ese mismo año, fue invitada al programa de Mirtha Legrand a almorzar teniendo mucha repercusión, ya que como obsequió Yiya le dio una bandeja de masitas de confitería (bocados dulces típicos de Argentina) a Mirtha frente a las cámaras. Luego de dudarlo durante todo el programa, finalmente Mirtha Legrand probó una de ellas y no le sucedió nada. La situación se llevó a cabo en un marco de humor, aunque ella de nuevo insistió con su inocencia (ver video:[2]).

Durante los últimos años residió en el barrio porteño de La Boca, y actualmente vive en una residencia geriátrica para ancianos y a veces da entrevistas para la televisión cuando se hacen especiales recordando su caso.
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:32 pm

Margarita, la maldita o Rosa K., diabolica


Se trata de una familia de emigrantes europeos que viven en algún lugar del campo argentino, lejos de una gran ciudad y donde todo escasea. Sólo se dedican a trabajar de sol a sol para seguir siendo pobres. Resulta que para la mala suerte de Próspera ésta se enamora y se casa con uno de los hijos de ésta mujer. Ella evidentemente no la acepta, y la pobre próspera recibe toda clase de vejaciones por parte de la familia del marido y del marido mismo, violaciones por parte de todos los miembros masculinos de la familia y el maltrato psicológico y físico permanente de su suegra. Para colmo, cuando uno ya piensa que la pobre NO lo podía pasar peor quedó embarazada; no se sabe de quién exactamente porque TODOS abusan sexualmente de ella, entonces la suegra decide asesinarla porque va a tener un hijo y no alcanza la comida ni el dinero para otra boca además de que no se sabe quién es el progenitor... entonces deciden asesinarla de una manera brutal, todos coludidos, menos el hijo menor de la familia. Buscan unas serpientes venenosas para que la muerdan!!! La engañan con que la van a llevar a un día de campo y allí hacen que las dos serpientes la muerdan en la mano para que parezca un "accidente", luego de sufrir una agonía espantosa por el veneno, no muere nunca y para terminar con su vida la terminan ahogando con un paño.

A la semana anónimamente denunciaron a éste grupo de pervertidos y la policía los atrapó, lamentablemente a los cuantos años ya estaban todos los psicópatas libres, menos el suegro que murió en la cárcel. No
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:33 pm

Aqui el de
MARA, ALUCINADA
Juzgan a la mujer que asesinó a su familia
Sara Ibáñez estará en el banquillo de los acusados. Podría ser condenada a prisión perpetua.
CUTRAL CO (ACC) - Comenzarán a ventilarse hoy los pormenores de la masacre del aeropuerto de Cutral Co, en la primera y única audiencia del juicio contra Sara Ibáñez, imputada del hecho. Se le atribuyen los asesinatos de su pareja Fabián Blanco (de 29 años), y sus hijos Magalí y Ulises de 5 y 2 años, respectivamente.
El debate se desarrollará desde las 9 en el segundo piso de la cooperativa Copelco, según lo dispuso la Cámara Multifueros de Zapala.
La navidad del "99 sorprendió a los vecinos de la comarca petrolera cuando cerca del mediodía se conoció la noticia sobre un cruento episodio desatado en una de las casas del aeropuerto local. A pesar de la distancia con el radio céntrico, poco a poco la gente fue acercándose hasta el lugar con la intención de confirmar las versiones que corrían como reguero de pólvora en toda la ciudad.
Allí, en una de las casas que ocupaba el matrimonio que integraban Fabián Blanco y Sara Ibáñez, junto a sus hijos Magalí y Ulises era el escenario de la tragedia. El hombre y los niños estaban sin vida, mientras que la mujer permanecía con cortes en las muñecas y el cuello, además de otros golpes.
Los rumores iniciales de un robo de características espeluznantes dejó paso a un crimen múltiple puertas adentro. Así fue que con el correr de las horas, los investigadores descartaban otras hipótesis y abonaban con firmeza las sospechas que apuntaban hacia Ibáñez.
La tragedia se desató en la madrugada del 23 de diciembre del "99. Según lo que se conoce por ahora, una feroz pelea entre el matrimonio habría sido el detonante para lo que ocurrió más tarde. Blanco, que era empleado municipal, habría ido a dormir después de la discusión.
Y ese habría sido el momento en que Ibáñez aprovechó para dispararle y asestarle varias puñaladas con un cuchillo bien afilado. Los niños también recibieron balazos y lesiones con un arma blanca. Todos los asesinatos habrían sido efectuados mientras las víctimas dormían.
Recién pasado el 25, un vecino que se acercó hasta la casa y golpeó la puerta se encontró con la masacre. Se estima que la mujer pasó cerca de 30 horas en el interior de la vivienda con los tres cadáveres.
Ibáñez fue hospitalizada de inmediato y aunque sus heridas no revestían gravedad, estuvo un poco más de diez días internada en una clínica privada. Además de las heridas cortantes, la mujer habría sufrido un aborto espontáneo.
La jueza Beatriz Martínez, que intervino en la causa, ordenó todas las pericias y con los primeros resultados que entregaron los investigadores, solicitó la detención de la mujer de 35 años.
Una vez que recibió el alta médica en la clínica donde permanecía custodiada fue trasladada hasta la Cárcel de Mujeres en Neuquén. El fiscal Santiago Terán cuando concretó la elevación de la causa a juicio la acusó de triple homicidio calificado por alevosía y por el vínculo.
El tribunal lo integran los jueces Enrique Modina, Víctor Hugo Martínez y Oscar Rodeiro. La fiscalía estará a cargo de Ladislado Simón y Sara Ibáñez será defendida por el abogado Eves Tejeda, quien también participa como defensor de uno de los acusados en el triple crimen de las chicas de Cipolletti
Hizo dos visitas a la tumba de sus hijos

CUTRAL CO (ACC).- En enero del año pasado, antes de ser trasladada a Neuquén para cumplir la orden de detención acusada del asesinato de su concubino y sus dos hijos, Sara del Pilar Ibáñez pidió ser llevada a la tumba de los chicos, en el cementerio local.
Meses atrás, en una ocasión en que fue traída por el fallecimiento de un familiar directo, también solicitó ir al lugar donde están los restos de los niños. La fuente se abstuvo de responder cuando se la consultó si tuvo intención de ir hasta la sepultura de Néstor Fabián Blanco.
La mujer rechazó cualquier posibilidad de hablar de la tragedia con otras personas que no fueran de su círculo íntimo.
Siempre lleva colocado en la garganta un pañuelo, con el que disimula la cicatriz de la herida que se provocó el día de la tragedia. También presentaba cortes en las muñecas.
El juicio por el triple crimen será presenciado hoy por los familiares de Blanco, que esperaron el debate con gran expectativa, con la esperanza de conocer qué pasó aquella trágica jornada del verano de hace un año y medio.
Es probable que también los familiares de la única acusada, la mujer de 35 años que permanece detenida en una cárcel de Neuquén, asistan a la audiencia de hoy.
Antes de la elevación a juicio de esta causa, Ibáñez fue sometida a múltiples pericias psicológicas que les permitirán a los jueces evaluar el estado mental de la acusada por el triple homicidio. Incluso en julio del año pasado un equipo del Centro Regional de Estudios Interdisciplinarios sobre el delito -CEREID- se entrevistó con la única acusada.
Los resultados de esos estudios pueden ser determinantes para el tribunal. No
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:34 pm

Clara, la fantasiosa

Clara tenía la firme creencia de que su marido Eduardo la engañaba con Zulema. El problema es que Zulema no era verdaderamente Zulema. Ni siquiera se llamaba así. Era simplemente una vecina cualquiera, que vivía con su suegra desde que falleció su marido. Pero Clara no lo entendía de esa forma y en cada encuentro en la calle o en el hall del edificio le hacía saber sus sospechas.

Eduardo, pobre varón, cansado de que lo acusaran de algo que no había hecho y de pasar vergüenza ante la vecindad, decidió llevarla al psiquiatra. El diagnóstico fue claro: celos enfermizos con deformación de la realidad. Clara estaba súper pirucha, descreía de todo. Si hasta pensó que su marido conocía al médico y que ambos se habían puesto de acuerdo para internarla.

Fue en este punto en que la cosa pasó a mayores. La tal Zulema, ya cansada del acoso de su vecina hizo la denuncia en la policía, pero no le llevaron mucho el apunte. Entonces fue a contarle la situación al esposo de Clara en su propia casa. Y justo alcanzó a irse del departamento antes de que llegue la esposa. Pero el aroma la delató. Al sentir el perfume que quedó flotando en el aire, Clara empezó a sospechar más. Para sus adentros ya había tomado la decisión.

Tiempo después, agarró su cuchillo de la cocina, esperó a Zulema en el palier y se metió con ella en el ascensor. Clara, despeinada, con cara de demente y en zapatillas sin atar, le encajó más de 60 puñaladas mientras el ascensor bajaba. Zulema, sin comerla ni beberla -y seguramente con las expensas al día-, murió en el acto. Clara fue declarada inimputable e internada en el Hospital Moyano.
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:34 pm

Jessica, Toxica

María Ángeles Guzmán no vestirá el luto de su tan deseada viudez. Efectivos de la Policía Judicial la detuvieron el pasado día 29 tras confirmarse las sospechas de los médicos que atendían a su marido, Luis Ballesteros, de 44 años. El hombre, víctima de una extraña enfermedad desde hace cuatro años, empeoraba cada vez que salía de la UCI pese a los cuidados de su solícita esposa, que incluso se saltaba los consejos médicos y le suministraba bebidas dentro del centro sanitario. En cada trago, María Ángeles, de 34 años, ponía cianamida, un medicamento que en grandes dosis puede ser mortal. La detenida ha alegado que sólo quería dejar a su esposo paralítico para que dejara de beber.
Luis Ballesteros, que trabaja como carpintero en Fuenlabrada (Madrid), permanece ingresado en la unidad de cuidados intensivos del hospital Virgen de la Salud aquejado de encefalopatía y hepatitis A provocadas por el lento y metódico envenenamiento al que le sometía su esposa desde hace cuatro años. La pareja, residente en Illescas (Toledo), tiene tres hijos de 8, 11 y 15 años de edad. Los vecinos han confirmado que no había una buena relación entre el matrimonio.La investigación se inició cuando los médicos del hospital en el que estaba ingresado el marido de Ángeles intuyeron que algo raro estaba pasando. El paciente sufría una extraña sintomatología que empeoraba cada vez que salía de la UCI para ser ingresado en una habitación de planta. Állí le esperaba su preocupada esposa quien, a pesar de la prohibición expresa de los médicos, le daba bebidas regularmente. Personal del hospital obtuvo muestras de los líquidos y los enviaron al Instituto Nacional de Toxicología.

Allí descubrieron que María Angeles estaba dando a su marido cianamida en cada trago, un principio activo que se utiliza como tratamiento contra el alcoholismo. Si se ingiere con bebidas alcohólicas produce sudoración, vómitos y náuseas. La mezcla, suministrada a grandes dosis puede provocar la muerte. María Angeles había comprado el medicamento en distintas farmacias de Illescas y Toledo con recetas blancas, las que facilitan los médicos particulares.

La brigada judicial de Toledo detuvo a María Ángeles, a quien vigilaban desde mediados del mes de enero, el pasado jueves cuando iba a entrar en el hospital. En su bolso encontraron una ampolla del medicamento con cianamida. El juzgado número 3 de Toledo, que instruye el caso, ordenó su ingreso en la prisión de Carabanchel.

Según informó ayer el jefe superior de Policía de Castilla-La Mancha, Alejandro Espejo, en un registro en el domicilio conyugal se halló una póliza de seguros por valor de medio millón de pesetas para cubrir los gastos de enterramiento con vigencia desde el 1 de enero de 1998.

La futura viuda dejó otra muestra de su prevision: a pesar de que los médicos no desahuciaron en ningún momento a su marido, sobre la cama de matrimonio encontraron, bien colocados y planchados, una falda y un jersey de mujer de color negro, así como un traje gris de caballero, una camisa y ropa interior nueva que supuestamente hubiera utilizado como mortaja.

Espejo aseguró que por el momento no se sabe si hay otros seguros de vida.

Según las investigaciones, la víctima nunca pudo sospechar lo que estaba pasando porque el medicamento es incoloro e insípido, a pesar de que en los últimos meses e incluso en el hospital se lo suministró en grandes dosis para acelerar el fatal desenlace.

Condenada a 12 años de cárcel por intento de envenenamiento de su esposo.
María Angeles Guzmán López, de 38 años, condenada a doce años de cárcel por la Audiencia de Toledo por intentar envenenar a su esposo, Luis Ballesteros, ingresó ayer en la prisión de Soto del Real ante la gravedad de la condena y para evitar una posible fuga hasta la ejecución de la sentencia. Según confirmaron fuentes judiciales, tras la notificación de la sentencia esta mañana, el tribunal de la sección primera de la Audiencia toledana dictó un auto de detención y de ingreso en prisión contra María Angeles Guzmán, que se encontraba en libertad provisional en su localidad natal, la Guardia (Toledo), tras cumplir dos años de prisión preventiva, entre enero de 1998 y enero del 2000. El próximo jueves se celebrará una vista tras la cual la sala determinará si la envenenadora de Illescas continúa en prisión o queda en libertad provisional hasta que la sentencia sea firme, puesto que la defensa anunció que la recurrirá ante el Tribunal Supremo. Por su parte, el abogado de María Angeles Guzmán dijo que su patrocinada no tuvo ánimo de acabar con la vida de su esposo, sino de lesionarle para que dejara la bebida.
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:35 pm

ANA, SOMETIDA

Una supuesta confesión de sadomasoquismo y muerte
Denunció que su marido había desaparecido. Lo hallaron muerto en el Pereyra Iraola. Ella quedó detenida.

Una mujer quedó detenida después de haber denunciado la desaparición de su marido y de que la policía hallara el cadáver del hombre con un disparo en la cabeza en el Parque Pereyra Iraola. La mujer, Karina Lorena Pereyra, habría confesado a la policía que lo asesinó porque estaba “harta de ciertas prácticas sexuales a las que la sometía”. Sospechan de su amante, policía.

Zarza y su esposa eran dueños de una pizzería ubicada en la avenida Perón, en la localidad de Claypole. Alrededor de las seis de la mañana de ayer, Karina Pereyra, desesperada, se presentó ante la comisaría 9ª de Quilmes para presentar la denuncia por búsqueda de paradero de su marido, luego de que, según dijo, él había salido en su Citroën C3 a comprar unos medicamentos la noche del miércoles y no había regresado a su casa.
La causa, que había sido caratulada como “averiguación de paradero” en la 9ª de Quilmes, se recaratuló como “homicidio” y quedó a cargo del fiscal Luis Armella, de Quilmes.
Apenas fue hallado el cuerpo de Zarza, Pereyra fue detenida como sospechosa. “Desde un primer momento nos extrañó su actitud. Si bien es común que los familiares de gente desaparecida estén desesperados, en ella se notaba una sobreactuación”, sostuvo uno de los investigadores. Una fuente policial aseguró que Pereyra “se quebró” ante la policía y contó que mató a su pareja porque “dentro del auto, Zarza la obligaba a atarse mientras la tocaba y él se masturbaba. Por lo que aseguró la mujer, su marido tenía una inclinación sadomasoquista y parece que le gustaba más que nada mirar y tocar, que hacer, y eso ella decía que la aterraba hasta que se hartó”, comentó un jefe policial.
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:36 pm

Laura, Abandonada
Sandra González entró al Bingo King, frente a la plaza de San Fernando, como si estuviera muy apurada. Fue derecho a buscarla. Apenas se dieron cuenta los jugadores que estaban alrededor de que las mujeres discutían. Escucharon la última frase: “Me arruinaste la vida”. Y luego los cinco disparos de despecho que eliminaron la de Verónica Pérez, de 24. Su cuerpo cayó entre los tragamonedas, de pronto abandonados por las manos habituales. González quedó sola, atrincherada durante más de tres horas. Amenazaba a los policías del Grupo Halcón con quitarse la vida. Cada tanto iba a acariciar a la muerta, le decía: “¿Por qué me engañaste? Yo te dije que iba a pasar esto”. Los uniformados se asombraron de la pericia con que la agresora manejaba el arma. Asesina y asesinada se habían conocido en la cárcel de Los Hornos. Sandra estuvo presa por integrar una banda de piratas del asfalto. Verónica, por homicidio. Sandra mató a Verónica porque empezó a salir con un hombre.
Los que escucharon los disparos creyeron que estaban robando. Todos salieron corriendo a la calle; adentro, Sandra gritaba que se iba a suicidar si alguien se le acercaba. Llegaron policías de varias seccionales, de la Subdelegación de Investigaciones de Tigre, del grupo Halcón, un negociador y el fiscal de San Fernando, Ricardo Juan. Acordonaron la calle Madero, sobre la que está el bingo. Los curiosos quedaron mirando enfrente, desde la plaza. Adentro, intentaban convencer a Sandra de que se entregara. La mujer amenazaba constantemente con suicidarse. Llevaba su pistola 9 milímetros de la boca a la sien.
Según los investigadores, las mujeres cuyas vidas se arruinaron ayer se hicieron pareja en la Unidad Penitenciaria 8 de Los Hornos. Verónica fue condenada por “homicidio en ocasión de robo”. Quedó libre en 2003. Sandra, por su parte, cumplió tres condenas de ocho, cuatro y tres años por piratería del asfalto. Había salido hacía tres meses. Desde entonces siguió su relación con Verónica, pero empezó a sospechar que la joven tenía una relación paralela con un hombre.
En la plaza, a las 15 llegó Hugo Pereyra, secretario de Seguridad de San Fernando. Declaró ante canales y radios que Sandra ya se había entregado. Luego de media hora, volvió para pedir disculpas: se había equivocado. Ante la puerta del Bingo King lloraban los familiares de Verónica. Tras la cinta policial, algunos empleados esperaban que los dejaran volver a buscar sus pertenencias. “Adentro quedó mi bolso, mis llaves, todo”, se quejaba una chica que no quiso decir su nombre. Otros pedían vanamente a los policías que les dejaran sacar el auto, que había quedado en la calle del crimen.
La camarera, que trabajaba en el bingo desde hacía dos meses, recibió un tiro en la cabeza, otro en un brazo y los tres restantes en el tórax y el abdomen. Su pareja se entregó tres horas y media después. Durante ese lapso, “a veces se sentaba en el piso junto al cadáver, otras se paseaba por el pasillo con el arma en la mano y en ocasiones se sentaba en una de las butacas altas de las máquinas tragamonedas”, contó un jefe policial. Lloraba, acariciaba al cuerpo y le reprochaba haberla traicionado. “Cuando se cansaba de sostener el arma, se pasaba la pistola de una mano a la otra con una habilidad notable que referenciaba la experiencia que esta mujer tenía en el manejo de armas de fuego”, agregó el policía.
A pedido de Sandra, una de sus hermanas llegó al bingo para conversar con ella, pero los agentes del grupo Halcón le impidieron acercarse ante la posibilidad de que la atacara. Pasadas las 17.30, el negociador policial realizó una maniobra distractiva: se acercó al fiscal Juan, ella lo siguió con la mirada y cuatro detectives se le fueron encima para desarmarla. Sandra espera en la comisaría primera de San Fernando que la indague el fiscal Juan. Luego de las seis de la tarde, los empleados del bingo pudieron ir a sacar sus cosas. Un obrero pudo recuperar la escalera que había quedado en la zona acordonada. Y el centro de San Fernando retomó la normalidad.
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:37 pm

Silvia, Celosa

Piden perpetua para una mujer por el asesinato de su hija

Marcela Juncos está acusada de haber matado a la chica, de 13 años, en complicidad con su pareja, quien también fue detenido pero se ahorcó en prisión. Había sido absuelta en un primer juicio, lo que generó una pueblada en San Francisco.
El fiscal Telmo López Lema pidió esta mañana la pena de reclusión perpetua para Marcela Juncos, una mujer que está siendo juzgada en los tribunales cordobeses de Bell Ville acusada de matar a su hija de 13 años en enero de 2003, en la localidad de San Francisco. El fiscal criticó además a la Cámara de San Francisco que absolvió a la imputada en un fallo anterior, lo cual generó una violenta pueblada de repudio. Según el fiscal, hubo al menos 21 testigos que vieron cuando la mujer le pegaba a la chiquita. Por su parte, un médico forense indicó que la nena había sido víctima de malos tratos antes de ser asesinada.
La Sala Penal del Tribunal Superior de Justicia anuló la sentencia de la Cámara en lo Criminal y Correccional de San Francisco, en la que se absolvió a Marcela Juncos el 25 de octubre de 2004. Y el caso pasó a la Justicia de Bell Ville. María Victoria Juncos fue asesinada el 18 de enero de 2003. Presuntamente fue el concubino de su madre quien la mató realmente, José Ramón Cortez. Los restos de la nena, quien además había sido violada por su padrastro, fueron enterrados a un metro de profundidad, a unos 1.800 metros de la ruta 158. La pareja fue detenida; pero esa misma noche el hombre se ahorcó en un la cárcel.
La mujer fue liberada tras ser absuelta en un primer juicio. Y esto generó una rebelión de vecinos en San Francisco, una localidad situada a 210 kilómetros al este de la capital cordobesa. La acusada y los jueces tuvieron que protegerse durante varias horas en el edificio de Tribunales. Hubo policías heridos y manifestantes arrestados. Durante los incidentes se registró la rotura de vidrios en el palacio de Tribunales y la quema de basura en las cercanías de ese edificio. En los disturbios participaron más de 200 personas. El fallo de los jueces que liberó a Juncos se basó entonces en la aplicación del beneficio de la duda. Los jueces consideraron que no había pruebas suficientes para condenar a la mujer.
José Cortez se mató en su celda el día en que fue encontrado muerta la chiquita. La madre de Victoria denunció que su hija había salido de su casa para vender pastafrola y desapareció. Tras dos meses de búsquedas, varias marchas de silencio e investigaciones, el 15 de marzo de 2003 finalmente el cuerpo fue encontrado. Estaba enterrado en una zona de difícil acceso, pero muy cerca de su casa. Las pericias concluyeron que a la chica la habían matado el mismo día en que desapareció. La golpearon con una piedra en la cabeza. Cortez tenía antecedentes por abuso, violación y robo. En el juicio anterior, la fiscalía había pedido 16 años y medio de prisión para la mujer que entonces fue absuelta. No
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:38 pm

margarita herlein, probadora de hombres


Margarita Herlein habia sido obligada por sus padres a casarse con Juan Gebel a los 17 años. El entusiasmo del matrimonio le duro poco, hasta que empezó a preguntarse si era justo llegar a vieja conociendo un unico hombre. Pronto se consiguió un amante y confirmo sus sospechas: su marido no valia nada. Pero la separación no estaba en sus planes, no era suficiente, su marido tendria que desaparecer. Literalmente. Meses mas tarde, Juan Gebel murió. Los médicos dijeron que se trató de un caso excepcional de "cáncer fulminante". Pronto consiguió a su segundo marido, Abel Vitale, dueño de la casa que Margarita alquilaba. Luego de un año Vitale murió de una enfermedad provocada por un "cáncer de médula". Al año Margarita se mudó y se reencontró con un viejo amigo de la infancia, Alberto Seitz . Al poco tiempo se casaron y a Margarita le bastó un par de meses para darse cuenta de que ya no le pasaba nada con su marido. El "cáncer fulminante" llegó a Seitz a los pocos meses de casados. Luego de 3 años, Margarita contrajo matrimonio con Ricardo Janush, pero pocos meses después de la boda ella se cansó de su marido y puso en practica su plan. Pero esta vez no tuvo suerte. Janush en vez de morir rapidamente, terminó internado.

Ernesto, hermano de Ricardo, quien finalmente murió, la acusó. Ella confesó "por lo menos encarcelada no voy a tener que pensar si le gusto a los hombres". La policía encontró veneno para ratas en los otros tres muertos. Ella solo reconoció haber envenenado a Janush. Fue condenada a prisión perpetua.
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 12:38 pm

Marta Odera, Monja

Cuando la detuvieron, se encerró en sí misma. A cada minuto, el silencio se convirtió en su única forma de expresión. Pero, en su interior, algo bullía, casi al punto de consumirla.

Pocas horas después de ser detenida, en el cuarto de una pensión situada en Lacroze al 3800, Marta Graciela Odera sintió la presión de la acusación en su contra y, posiblemente, de los hechos. Un pico de presión fue, a la vez, síntoma del dolor y el vehí*** para la prolongación de su silencio.

Atrás quedaba el cadáver de su pareja, Marta Silvia Fernández, mutilada con 161 heridas cortantes. Pero por detrás de ese hecho objetivo, persisten aún, envueltas en un manto oscuro, las motivaciones del crimen. Un crimen pasional, como arriesgan a definirlo desde un principio los investigadores del crimen.

Aunque se ganaba la vida como enfermera, Odera había tomado, no hace mucho, la decisión de convertirse en monja. Pero al iniciar el noviciado aparecieron las dudas. Por eso, le dieron una licencia de dos años y nunca llegó a ser consagrada.

Un año atrás, las dos mujeres se acercaron al padre Wendelin Rofner, de la comunidad religiosa de los Camilos, situada en Avalos al 300, para pedirle que las ayude a encontrar un lugar donde vivir. La gestión del párroco permitió que, hace seis meses, Fernández alquilara el departamento cinco de una casa tipo "chorizo" situada a 70 metros de la congregación.

Pero, según los vecinos, la relación no marchaba por carriles armoniosos: las peleas y discusiones a los gritos se repetían casi a diario. Quienes tuvieron contacto con la pareja afirman que, en ella, los roles estaban bien definidos: Fernández sería quien dominaba la relación, muchas veces, con el rigor de los golpes. Y que la violencia en el seno de la relación hizo que Odera abandonara hace un mes la casa que compartían.

De hecho, fuentes policiales dijeron a La Nación que, al ser detenida, Odera tenía moretones en la cara, aparentemente, producto de golpes propinados un par de día antes por Fernández.

El carácter en apariencia sumiso de Odera parece reforzarse con el testimonio de varios vecinos de la calle Avalos. Marta Cantero, empleada de la comunidad religiosa de los Camilos, aseguró ayer a La Nación que Odera "era incapaz de matar una mosca".

Quizá nunca se sepa por qué pero, pese a los golpes, Fernández siguió siendo un imán imposible de evitar para Odera. Una fuerza de atracción que sólo pudo ser quebrada oponiendo fuerza a la fuerza. No
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  Sir Lancer el Mar Mar 09, 2010 4:07 pm

Ya subieron las noticias en Casos de Asesinos va?
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Mar Mar 09, 2010 4:38 pm

Sir Lancer escribió:Ya subieron las noticias en Casos de Asesinos va?
a ok no savia.......... Neutral
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  Sir Lancer el Mar Mar 09, 2010 4:40 pm

Ntp jejeje
Checalo en Las Asesinas Reales

Y grax de todos modos Wink
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Vie Mar 12, 2010 10:19 am

Noviembre 14, 2009
Marisa Grinstein y sus “Mujeres asesinas”
delirios, marisa grinstein, mujeres asesinas, Ximena Torres Cautivo

¿Qué puede tener en la cabeza, en el corazón y en el útero una mujer para llegar a asesinar a su amante, cortarlo en pedacitos, hacer pino con su carne y venderlo convertido en empanadas?
Eso es lo que se preguntó la entonces periodista de la revista Noticias Marisa Grinstein hace ya más de 10 años, en un arito entre nota y nota, escarbando en el archivo de la publicación. Así fue como se topó con el caso de Emilia Basil, una inmigrante libanesa que hizo con el hombre que la acosaba empanadas y salpicón. El suceso policial fue la hebra de una madeja de 13 crímenes protagonizados por mujeres a partir de historias en las que ellas son víctimas y al mismo tiempo victimarias. “Mujeres asesinas” fue el primero de tres tomos, que se convirtieron rápidamente en una trilogía súper ventas y en exitosa serie de televisión.

Ahora Marisa dejó el crimen y está dedicada a los delirios, porque así se llama el libro que vino a presentar a la Feria del Libro de Santiago: “Delirios”. Tal como para documentarse y escribir sobre mujeres asesinas se relacionó con policías y forenses, ahora sus fuentes fueron los siquiatras y los terapeutas. Las historias que dan vida a “Delirios” son inauditas, desmesuradas, excéntricas, desopilantes a ratos, como la de la mujer que cree que es la fuente de energía elegida por extraterrestres que se comunican con ella a través del televisor. Ella debe suministrar el elemento energético, nada más ni nada menos que semen, “que debe ver cómo recoge”, dice Marisa con su expresión de jugadora de póker.

Marisa es una mujer alta y morena, usa anteojos y el pelo oscuro más bien corto, se pinta la boca de un color rojo intenso. Viste jeans y polera negra. Me recuerda a las mujeres que dibuja su compatriota, la notable Maitena, un poco dramática, medio radical. Pero Marisa es divertida, simpática y sencilla. Me celebra los pantalones y me pregunta si es Chile las mujeres están dadas a los recauchajes como las argentinas. “Te las topas en Patio Bullrich con sus caras estiradas, con las bocas hechas pelota… Me da la impresión de que acá es menos, ¿me equivoco? En Europa no hay ese culto a la eterna juventud, la gente no sueña con quedarse siempre joven. Se valora la belleza madura”, dice, enganchada con el tema.

Nosotros nos enganchamos con su gusto por el crimen y el delirio, y le planteamos si eso no la achaca, no la bajonea, no le chupa la anergía. Responde: “A mí lo que más me impresiona son los casos en que una madre o un padre mata a su hijo. Lo demás… no. Lo entiendo, lo puedo entender. A las mujeres asesinas las entiendo… suelen tener todas una vida muy difícil, carecer de redes, de recursos y digo recursos no sólo económicos”.

Marisa tiene una hija de cuatro años y un marido periodista, al que, naturalmente, como dijo en alguna entrevista, sería incapaz de matar. “El trabaja en La Nación, trabaja mucho… es que no sabes lo que es hacer periodismo hoy en la Argentina”.

-Además el gobierno los persigue, hay restricciones a la libertad de expresión…

-Sí, además eso –dice Marisa, quien en algún momento nos dijo que lo que más le gusta es hablar con la gente, saber lo que les pasa, oír sus historias, sus ideas, sus opiniones. Es una gran reportera Marisa. Una mujer inquieta, por eso el éxito de sus “Mujeres asesinas” y de su “Delirios”, un tomo donde cabe desde la celopática hasta la que padece delirio de sustitución; es decir, cree que su marido no es su marido, sino un impostor. ¿Usted siente algo parecido? Comuníquese con Marisa Grinstein o compre sus libros. Se los recomiendo.
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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Dom Mar 28, 2010 10:02 pm

Aqui una entrevista alas actrices protagonicas de Marta Odera monja

Dos personajes reunidos al filo de la muerte






Serán las protagonistas del primer capítulo de "Mujeres asesinas", el unitario que el martes estrenará Canal 13, a las 23. Lejos de la violencia de sus criaturas de ficción, se entregaron a una charla tan íntima como cálida, con el mate a mano y el alma abierta.




Silvina Lamazares.
slamazares@clarin.com







No hay más imágenes, esta vez, que las que atesora la buena memoria. Suficiente como para no olvidar las postales de una serena tarde moldeada en una blanca cocina de una blanca casa de Palermo. Con largas ronda de mate, mucha risa en las ocu rrencias y categóricos silencios cuando suena la palabra ajena. Ahí están Inés Estévez y Eugenia Tobal. Dos mujeres que se elogian, mujeres que se miman, mujeres que desparraman miedos sobre la mesa con la certeza de no haber prejuicio en zona. Dos Mujeres asesinas, las elegidas para protagonizar el primer capítulo del unitario que estrena Canal 13 pasado mañana. Dos mujeres que charlan como si se conocieran desde siempre. Siempre hay una primera vez para el encuentro de almas. No hay fotos de esa tarde. Hay buenos recuerdos.

Dueña de casa, Estévez prefirió evitar el flash durante la entrevista, ya que la imagen que mostrará en el envío de Pol-ka nada tiene que ver con la fiscal que hará en Criminal (Canal 9), y que en unas horas la tendrá en los afiches de promoción. Y como para "no perder la magia" y no confundir desde los personajes, eligió que la rubia que ahora habla de cara al jardín no se cruce en el camino de la morocha que desembarcará el martes a las 23, con 116 puñaladas escondidas en el guión que protagonizará junto a Tobal.

Dirigida por Daniel Barone —palabra santa en el cuidadoso tejido de los unitarios—, ellas fueron las elegidas para darle vida (y muerte, claro) a la primera de las doce historias, basadas en hechos reales. Luego habrá otros casos, otras actrices, otras condenas, otras tragedias. Pero eso será luego. Ahora ellas se reencuentran en la intimidad, sin peluca ni maquillaje, ni hábitos prestados, tras haber compartido seis días de grabación, en los que, literalmente, ha corrido mucha sangre. Y ha empezado a escribirse, se intuye, los primeros palotes de un vínculo.

Conocedora de los secretos del género —participó en Verdad consecuencia y brilló en Vulnerables—, la anfitriona confiesa que "la incorporación de Eugenia fue un acierto absoluto. Le tocó un personaje muy difícil: tiene un tránsito que puede llegar a ser muy ingrato para un actor, ya que requiere de una profunda búsqueda y a la vez está en una posición bastante ambigua (la monja que padece violencia ajena de una mujer con quien entabla una intensa relación de amor). Es una actriz que tiene mucha verdad, mucha naturalidad y mucho compromiso. Busca, busca todo el tiempo. Trabajar con ella fue una delicia".

De ojos verdes y sincera demostración afectiva, la Mecha de Padre Coraje celebra la sorpresa que le deparó la vida para su debut en unitarios: "Dirige Barone y estoy con Ine (la nombra así, sin la "s")... Yo la veía en Zona de riesgo y ni se me cruzaba este privilegio. Siento que me saqué el Loto".

Mientras corta las exquisiteces integrales que compró para tomar la leche, Estévez cuenta que "empezamos a grabar y amalgamamos en el acto". El verbo elegido roba risas, hasta que de la amalgama en la vida se pasa al delicado menjunje que padecen en la ficción. "Son mujeres que tienen un encuentro de mucho sentimiento, que se vuelve nefasto. Es un vínculo fuerte, equívoco, con cierto grado de enfermedad. Son dos almas muy cascoteadas", delinea Estévez, sin ventilar demasiado, pero compartiendo las coordenadas básicas de dos almas en pena.

"Son minas que nacieron con una mala estrella. Padecen de lo mismo: tienen miserias, fragilidades, duras soledades", colorea Tobal, que este año iba a protagonizar una tira en Telefé, pero el proyecto quedó postergado. "Las dos asumimos personajes opuestos entre sí y opuestos a lo que hemos hecho hasta ahora. Yo siempre hice chicas tirando más a híper vulnerables, valga la redundancia, y ella siempre interpretó tipas fuertes, de carácter", comenta la rubia que pasado mañana —sólo pasado mañana— dejará de serlo.

¿Fue duro transitar por la violencia que ejerce una y padece la otra?

Estévez: Para mí fue muy denso. No me gusta la agresión física y no quiero volver a encarnar a una mujer golpeadora. No tengo filtro para la violencia. No la puedo recibir con naturalidad. Ni la real, ni la virtual, ni la de la calle, ni la del noticiero... Me costó mucho subirme a un registro de actitud totalmente ajeno a mí.

Tobal: Yo quedé de cama. No sé si me dolió mucho el golpe en sí, lo que sí sé es que me dejó muy golpeada la violencia de la palabra. Creo que una vez que pasás por eso, la piña ya no duele. Quedé turulata emocionalmente.

¿Asusta estar en el primer capítulo?

Tobal: A mí me encanta.

Estévez: A mí no me encanta. Me da un poco de miedo. Es un riesgo, pero también una responsabilidad. Porque cuando hacés un unitario con continuidad, tenés tiempo de reparar un daño: metiste la pata y en el capítulo cinco tenés revancha. Eso me lo enseñó Fabián (Vena, su pareja, enseñanza que compartió en días de Verdad consecuencia). Pero cuando estás en un episódico (cada historia dura un día) es ahora o nunca. Además, cuanto más recorrido tenés, sos consciente de que la gente espera una respuesta de tu parte.

En medio del mate surge el relato de las experiencias, el camino andado, el primer trabajo. Sin pudores, Tobal —que empezó a estudiar teatro a los 15 años— cuenta que "mi primer bolo fue en Montaña rusa".

¿De qué hacías?

Tobal: De "chica dos". Así decía en el libro.

Estévez: No te preocupes. Yo hice de "prostituta tres", en una coproducción de cine con Yugoslavia.

Luego la dueña de casa ensaya su teoría sobre la diseñada ruta del destino, aquella que "hace que la vida te tuerza el volante y te ponga, si te lo bancás, en el camino más perdurable, quizás de largo aliento, pero sólido al fin. Sólo hay que estar atenta". Y, a pedido de sus interlocutoras, recuerda el día en que "un gerente de ATC, hace mucho años, me propuso conducir un infantil. Me vio rubia, de ojos celestes, cantaba y bailaba, me ofreció mucho dinero y grabar un disco... Una tentación. Lo pensé, lo consulté y luego fui y le dije No, muchas gracias. ¿Sabe qué pasa? Que me voy a levantar y no voy a ser feliz. Y me fui aliviada".

El tiempo le dio la razón. No estaría ella en esta nota, entre otras cosas. No estaría escuchando de boca de Tobal, por caso, me arruinaste la vida. Tampoco estaría diciendo Inés que las dos tenemos la vida arruinada desde que nacimos. Sólo recuerdan un texto del programa. Sólo juegan a castigarse desde la palabra de la ficción, con la certeza de que la vida les está componiendo otra letra.








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Re: Datos Asesinos

Mensaje  yiya murano envenenadora el Dom Mar 28, 2010 10:04 pm

PRIMERA VEZ. ESTEVEZ Y TOBAL JAMAS HABIAN TRABAJADO JUNTAS. AHORA PROTAGONIZARAN EL PRIMER ENVIO DEL UNITARIO QUE IRA EN EL HORARIO DE "BOTINES", DIRIGIDAS POR DANIEL BARONE. CONFIESAN QUE "HUBO QUIMICA DESDE EL PRIMER MOMENTO". (Foto: Canal 13)







La Marta Fernández de Inés Estévez


Vulgaridad en la forma, nuevo registro en su nutrida galería de personajes. Por ahí anda la extraña dama que le tocó a Inés Estévez en Mujeres asesinas. Su Marta Fernández "tiene una cosa medio bailantera, lejos de todo lo que había hecho hasta ahora. Es una tipa de muy bajos recursos, con veleidades de actriz, pero que sólo trabaja de extra. Tiene una personalidad muy violenta y es un poco vividora. Con Daniel (Barone, el director) quisimos mostrar, a través de distintas actitudes de ella, por qué llega, finalmente, a ese nivel de violencia. Desde el libro, desde la dirección y la actuación, todo el tiempo evitamos claramente el trazado lineal: no se juzga ni se baja línea, se pone el foco en un modo de vida".

De peluca oscura y ojos claros, la mujer que devela su agresividad con el correr del capítulo, tiene a su esposo internado en un geriátrico. Esposo que no quiere verla ni en estampitas.







De unitario en unitario


Como si lo policial se empecinara con matizarle su presente de ficción, Inés Estévez comenzará a grabar mañana sus escenas de Criminal, el unitario que produce Marcelo Tinelli para Canal 9. Protagonista del ciclo junto a Diego Peretti —con quien habían sido "amigovios", define, en Zona de riesgo—, será "una fiscal apasionada, que toma este caso como el último de su carrera. Es una mina muy eficiente en el laburo, pero muy torpe en su vida afectiva. Marcela viene de un fracaso laboral y en ese marco asocia diferentes crímenes, lo que la lleva a descubrir que detrás de esa serie hay algo en común. Es una mujer con una ética intachable".









La Marta Odera de Eugenia Tobal


Dice ahora que verse vestida de monja "fue un shock. Algo muy fuerte. En realidad, apenas me puse el hábito sentí algo diferente, como la demostración que desde la imagen tomás una postura en la vida", comenta Eugenia Tobal, que pasado mañana será la Marta Odera de Mujeres asesinas.

"En general, siempre interpreté a mujeres potentes, de mucha energía desde lo corporal, muy mandadas. Y ésta no, ésta es débil, con carencias muy similares a las del personaje de Inés. La principal diferencia radica en que la monja encontró en la religión el refugio que no pudo encontrar la chica de Inés", explica Tobal, que, más allá de padecer la violencia ajena, encarnará en la más cruda soledad una dura escena de autoflagelación. Su vida comenzó a cambiar (y no para mejor, precisamente) el día en el que el cura confesor le recomendó tomarse dos años de licencia... que no disfrutó.









Del convento al claustro


Cuando pasado mañana la pantalla la muestre de manos juntas y plegarias silenciosas, el Metropolitan la encontrará debutando ante la prensa. En realidad, la prueba de fuego la pasó ayer, cuando se estrenó Don Juan, de Moliere, la obra que protagoniza junto a Federico Olivera (también dirige).

"Me tocó la famosa Doña Elvira, una abnegada. Enamorada de Don Juan, vuelve al claustro engañada, abandonada, humillada y traicionada por ese amor que no fue", sintetiza Tobal, que ya había tenido una experiencia teatral, dirigida por Patricia Palmer. El papel que encarnaba en Pintura fresca le valió una nominación al ACE.
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