Aurora Rodriguez Carballeira

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Aurora Rodriguez Carballeira

Mensaje  vampiro de la noche el Lun Jun 07, 2010 3:25 pm

En el nombre que había puesto a su hija estaba, tal vez, la clave: Hildegart, que en alemán significa “jardín de sabiduría”. Aurora tenía esto calculado y todo lo demás. Por esta razón, le robó la infancia y le dio, a cambio, una mente cultivada hasta el extremo. A los tres años, Hildegart sabía leer. A los 10 hablaba inglés, francés y alemán; a los 13 terminó el Bachillerato; a los 14 ingresó en las Juventudes del Partido Socialista; a los 17 se licenció en Derecho y empezó Medicina.

Aurora Rodríguez Carballeira siempre vio a su hija como “su obra”. La concibió como el “mesías” que salvaría a la humanidad de todos sus pecados y, sobre todo, a las mujeres, sometidas por el yugo de los hombres y una educación represiva. Esta ferrolana, nacida en el seno de una familia acomodada en 1890, era socialista, liberal y atea; lo que se dice una adelantada a su tiempo. Los libros que leyó de la biblioteca de un padre abogado abrieron sus ojos a un mundo que no era el que la rodeaba. Se empapó del socialismo utópico y el romanticismo de Saint Simon y Owen, hasta el punto de coquetear con el sueño de un falansterio como los que preconizaba Fourier, una comunidad rural autosuficiente que se alzara como la base de la transformación social.

Nunca creó el falansterio aquel. En cambio, alumbró el proyecto de tener una hija que pusiera fin al modelo de mujer sin horizontes predominante en aquellos convulsos años. Lo vio claro cuando su hermana le arrebató de sus manos al sobrino que había criado, Pepito Arriola, un niño prodigio de la España republicana conocido como el “Mozart español”, a quien ella misma había enseñado los rudimentos del piano.

Para ello, Aurora, que era inteligente, culta, corpulenta y algo masculina, necesitaba un hombre a la imagen y semejanza del que había visto en sus maquinaciones maquiavélicas. Quería que fuera inteligente, sano, sin prejuicios, y que se aviniera a su experimento casi de laboratorio. Porque Aurora le quería sólo para eso. Nada de amor, placer y, mucho menos, matrimonio. Odiaba a los hombres, tanto o más que a las mujeres. Invirtió no meses, sino años en buscarle y, a pesar de lo insólito de la tarea, lo encontró. Puso la cabeza –no los ojos ni el corazón– en un capellán castrense un tanto estrafalario y muy aventurero, al que le atrajo la idea de poder engendrar “un ser superior”.

AUSENCIA DE CARIÑO

Todo iba viento en popa, tal y como había planeado. Aurora se quedó embarazada, echó al padre de su lado y sola, como había querido estar siempre, sin presencia masculina alguna, se marchó a Madrid. Allí, en la capital, el 9 de diciembre de 1914 vino al mundo Hildegart. Había nacido una niña con la vida escrita por la mano fría y calculadora de su madre, que no dejó nada a la improvisación. Ni siquiera el embarazo, en una época sin controles médicos ni ecografías. Sometió su cuerpo a una dieta rigurosa y a la disciplina de cambiar de postura cada media hora, a golpe de despertador, mientras dormía, para no comprometer el desarrollo del feto.

Nada hizo Aurora Rodríguez Carballeira que no estuviera marcado por la obsesión. No quiso afecto alguno para sí y tampoco para su hija. Nunca la besó ni la abrazó y no dejó que nadie se acercara a ella ni la tocara. Así que Hildegart creció con la única compañía de su madre y los libros. Este encierro psicológico pronto dio sus frutos. A los tres años no jugaba, pero sabía leer. A los 10 no tenía amigos, pero hablaba inglés, francés y alemán. A los 17 no flirteaba con estudiantes, pero había terminado una carrera universitaria (Derecho) y empezaba otra (Medicina). A los 18 no había escrito el diario abigarrado típico de una adolescente, pero su nombre se asociaba al de una abundante bibliografía: “El control de la natalidad”, “La rebeldía sexual de la juventud”, “Revolución y sexo”, “¿Cómo se curan y evitan las enfermedades venéreas?”,“¿Se equivocó Marx?”. Estudiaba sin parar, sobre todo, filosofía y sexología. Devoraba a Marx.

Su capacidad intelectual era desbordante. Daba mítines, hablaba de socialismo, liberación social y eugenesia. Se había convertido en una oradora requerida y aclamada. Así que, al fundarse la Liga Española por la Reforma Sexual, presidida por Gregorio Marañón, fue nombrada secretaria. Su fama no tardó en trascender. Estaba a un paso del reconocimiento internacional. Su talento llegó a oídos de Havelock Ellis, el autor del “Estudio de la psicología del sexo”, toda una autoridad en la materia, y del filósofo y novelista H. G. Wells, el autor de “La guerra de los mundos” y “La máquina del tiempo”, a quien conoció en Madrid. Inició con ellos una relación epistolar. Como era de esperar, la amistad y la admiración que mutuamente se profesaban no podían quedar ahí. Pronto la invitaron a viajar a Inglaterra. Ella accede. Hildegart siente ansias de independencia y libertad.

LA REBELDÍA ESTROPEA LAS COSAS

Ha empezado a cuidar su aspecto físico. Siempre vestida de negro, por orden de su madre, eso sí. Se había vuelto atractiva a los ojos de los hombres, que ya no admiran sólo su inteligencia. Se enamora de un joven político, compañero del Partido Federal, Abel Velilla. Las tentaciones mundanas se han colado en su vida. Aurora piensa que tiene que actuar. “Casarla sería tanto como sacrificar la misión para la que ha venido a la Tierra”, llega a decir. Los hombres, las amistades, las cartas pueden echar al traste su plan mesiánico. Llega a creer que hay una conspiración internacional para arrebatarle a su hija. Habla con ella y le exige abandonar su proyecto amoroso e incluso su brillante carrera so pena de suicidarse. Pero Hildegart no le hace caso. Está desolada. Quiere morirse. La rebeldía es demasiado para Aurora. Siente que su sueño se esfuma. La humanidad no podrá ser salvada por la hija redentora.

La madrugada del 9 de junio de 1933, en el ático de la calle Galileo donde viven, Aurora entra en la habitación de su hija. Hildegart está dormida. Aurora lleva un arma. Está dispuesta a acabar con todo. Dispara. En total, cuatro tiros. Ha hecho lo que quería: “Suprimir una obra sublime con un acto sublime, ya que cualquier madre es capaz de parir, pero no de matar a sus hijos. La facultad de dar la vida lleva implícita la de quitarla, pero requiere gran valor”, deja escrito a los pies del cadáver.

SIN CULPA NI ARREPENTIMIENTO

Cuando le preguntaban a Aurora por qué lo había hecho, respondía: “Porque era tan hermosa”. No estaba arrepentida. Lo volvería a hacer. En el juicio, declaró que la muerte se había producido de común acuerdo.

La condenaron a 26 años, ocho meses y un día de prisión. A los dos años desapareció. Todo el mundo pensó que se había fugado o había sido excarcelada en medio del alboroto político y social de 1936. Pero no fue así. Aurora Rodríguez Carballeira nunca estuvo en la cárcel. Su prisión fue el hospital psiquiátrico de Ciempozuelos. Allí murió, completamente sola.

Años después del crimen, la criada confesó que Aurora había tenido a Hildegart secuestrada durante sus últimos días. Le cortó el teléfono, le prohibió recibir correspondencia, le negó cualquier contacto con el exterior. Antes de disparar, le había quitado ya la vida.

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