Hermanos de sangre, unidos por la venganza

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Hermanos de sangre, unidos por la venganza

Mensaje  alfon_fantasioso el Vie Jul 30, 2010 4:21 pm

27 AGOSTO 1990

Los hermanos Emilio y Antonio Izquierdo, armados con escopetas repetidoras, disparan indiscriminadamente contra los vecinos que tomaban el fresco en una calle de la pedanía de Puerto Hurraco (Badajoz), matando a siete de ellos. Dos de las víctimas mortales eran niñas, de 12 y 14 años, de la familia Cabanillas. El 7 y el 10 de septiembre fallecieron dos de los heridos, con lo que el total de víctimas mortales ascendió finalmente a nueve. La causa de la masacre fueron las rencillas existentes desde hacía 30 años entre las familias Izquierdo y Cabanillas por una disputa de tierras, que ya se había cobrado dos muertes anteriores. El 25 de enero de 1994, la Audiencia de Badajoz condenó a cada uno de los hermanos Emilio y Antonio Izquierdo a más de 300 años de cárcel.


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Re: Hermanos de sangre, unidos por la venganza

Mensaje  huitron el Vie Jul 30, 2010 7:42 pm

aqi les pongo la historia completa de estos hombres

Los Izquierdo, conocidos como los "Pataspelás", y los Cabanillas, a los que llaman los "Amadeos", son dos familias que llevan décadas cultivando odio en el pueblo de Puerto Hurraco, Badajoz, Extremadura, en España. Cuentan que hace muchos años, un problema con las lindes de una finca enemistó a los dos apellidos, que terminaron por convertirse en enemigos mortales. A eso se suma la historia de amor entre Luciana Izquierdo y Amadeo Cabanillas, la cual acaba con la muerte de este, acuchillado por Jerónimo Izquierdo, el mayor de los hermanos, en enero de 1967.
Después llegan las amenazas, los insultos, los apuñalamientos múltiples en reyertas de diferentes envergaduras. Jerónimo Izquierdo mata a cuchilladas a Amadeo Cabanillas, tras discutir por un terreno. Tras cumplir condena, se muda a Barcelona. Luego hay un crimen extraño que nunca se esclarece del todo: la muerte de Isabel, madre de Antonio y Emilio Izquierdo, y de cuatro hermanos más, en un incendio intencionado que no se aclara jamás y que ocurre en 1984. Los hijos de Isabel no logran sacar de la casa a su madre y tienen que presenciar cómo se quema viva. Luego afirmarán que el incendio fue provocado por la familia rival; además, en su juventud, la mujer tuvo una historia de amoríos con el abuelo de los Cabanillas. Sin embargo, otra versión es más cruel: muchos vecinos afirman que durante el fuego, los Izquierdo "salvaban de las llamas el televisor, el frigorífico y los muebles mientras la madre se tostaba en una de las habitaciones de dentro".
Muchos dicen que Antonio Cabanillas, el hermano del acuchillado Amadeo, es el autor del incendio, en venganza por lo ocurrido. Que bañó la casa de gasolina y le prendió fuego. Pero las autoridades lo exculpan al no haber pruebas suficientes. Sea como fuese esta tragedia, lo cierto es que provoca, según los análisis psiquiátricos que luego se hacen a los cuatro hermanos Izquierdo, "un trastorno paranoide con sobrevaloración de una sola idea: la venganza".
Por entonces, Jerónimo Izquierdo regresa a Puerto Hurraco en 1984 para apuñalar de gravedad a Antonio, a quien culpa de la muerte de su madre. Dos años después fallece en el hospital psiquiátrico de Mérida. Los Izquierdo se marchan del pueblo, pero juran regresar. Dos hermanas y dos hermanos atesoran y hacen crecer su odio durante mucho tiempo, rumiando y planeando su venganza.
El 26 de agosto de 1990, a las 22:00 horas, el infierno llega a Puerto Hurraco. Con las armas al hombro, dos hombres salen de su domicilio dirigiéndose a cenar. Dicen a la empleada de la fonda, y a unos conocidos que se cruzan en su camino, que van a cazar tórtolas. Luego se dirigen al centro del pueblo. Vestidos con pantalones de pana, camisas de cuadros y botas de caza se bajan furtivamente de un automóvil Land Rover. Caminan a escondidas hasta un callejón del centro del pueblo, a pocos metros de la calle Carrera. Evitan la luz y las zonas despejadas. Están mal afeitados, van sucios y macilentos; jadean. Llevan el pecho cruzado con cananas; van cargados con más de trescientos cartuchos. En las manos portan escopetas Franchi de repetición, para cinco cartuchos del calibre 12. Son los hermanos Antonio y Emilio Izquierdo, de cincuenta y tres y cincuenta y ocho años de edad respectivamente. Están de regreso en Puerto Hurraco con una sola finalidad: cazar y exterminar a cualquier hombre, mujer o niño que se apellide Cabanillas. En una noche, quieren acabar con toda la familia.
Poco rato después, Antonia y Encarnación Cabanillas, dos niñas de catorce y doce años de la familia rival, están tomando una Coca Cola en una cafetería del pueblo. Mientras la beben, bailan en medio del lugar; hay puesto un televisor a través del cual se transmite un video clip del grupo Objetivo Birmania, un grupo de tres chicas que cantan temas pop. Interpretan la canción “Los amigos de mis amigas son mis amigos”. Las chicas bailan la mitad de la canción; luego salen a la calle, riendo, para regresar a su casa. Las niñas pasan jugando por delante del callejón en el que los hermanos Izquierdo están refugiados. Ellos no dudan un segundo: levantan las escopetas, cargadas con los mismos cartuchos de postas que se utilizan para destrozar la dura piel de los jabalíes, y encañonan a las niñas. Apuntan al pecho y disparan. "Como cuando salimos a cazar tórtolas", declararán en interrogatorios posteriores.
En el momento en que tiran del gatillo, el sonido de los dos tiros se confunde en uno solo. El impacto de dieciocho grandes perdigones, capaces de derribar un venado en carrera, destroza el tórax de las niñas; es apenas el inicio de la carnicería. La tercera hermana llega corriendo y ve lo sucedido: los hermanos Izquierdo le disparan también y queda tendida, herida, junto a los cadáveres destrozados de sus hermanas. "¡Estáis locos, que las vais a matar! ¿No veis que son unas niñas?", grita Manuel Cabanillas, de cincuenta y siete años, mientras sale a la carrera del restaurante. Los Izquierdo no se detienen: cinco disparos le revientan el esternón y lo dejan mortalmente herido. Su hijo, de veinticinco años, recibe un disparo en la espalda cuando intenta protegerse: sus pulmones quedan llenos de fragmentos de plomo. Mientras tanto, la canción de Objetivo Birmania sigue tocando a todo volumen en el televisor del restaurante.
La confusión se adueña del pueblo. Hay carreras, gritos y quejidos. Suenan los cartuchos vacíos al caer al suelo. Los hermanos Izquierdo, obsesionados, cargan de nuevo las escopetas y disparan sin tregua, esta vez contra cualquiera que esté a la vista; ya no se trata de la venganza contra los Izquierdo, sino de la venganza contra todo el pueblo. Araceli Murillo Romero, de sesenta años, muere en el acto mientras toma el fresco en su silla de mimbre: una descarga le destruye el pecho. Sólo José Penco Rosales mantiene la calma y es capaz de recoger del suelo a dos personas heridas en el primer tiroteo y llevarlas en su coche hasta el centro asistencial del poblado vecino, Castuera. Al regresar a Puerto Hurraco por nuevos heridos, los hermanos Izquierdo le salen al paso y, antes de que pueda verlos, descargan las escopetas contra el cristal delantero. José, de cuarenta y tres años, muere sobre el volante.
Los asesinos ya no se ocultan. Caminan a la mitad de la calle, disparando a puertas, ventanas y tejados. Manuel Benítez, su hermano Reinaldo y su cuñada Antonia Fernández logran subir a un coche y tratan de escapar alejándose calle abajo. No lo logran: los hermanos les disparan con gran precisión, matando a los dos últimos e hiriendo gravemente al primero. Los vecinos que logran escapar dan aviso en la casa cuartel de Monterrubio de la Serena, de donde parte de inmediato un coche patrulla. Cuando la policía llega al pueblo, los hermanos Izquierdo los reciben a tiros. Los agentes resultan gravemente heridos en el interior de su vehículo, el cual termina estrellado contra un muro. Se trata de dos máquinas de matar, que no respetan a nadie.
Antes de las 23:00 horas, Puerto Hurraco es un lodazal de sangre. El balance de víctimas es brutal: hay varios muertos y ocho heridos graves, dos de los cuales fallecen poco después. Muchos otros quedan destrozados, aunque sobreviven. "Algunos heridos hubieran preferido morirse", afirmarán los vecinos de Puerto Hurraco. Se refieren, entre otros, a Guillermo Ojeda Sánchez, un niño de ocho años al que los disparos, que le alcanzaron en la cabeza, dejaron hemipléjico. O a Antonio Cabanillas, herido en la espalda y condenado a vivir el resto de sus días en una silla de ruedas.
Con pasmosa sangre fría, los hermanos asesinos recorren lentamente las calles de la localidad. El espectáculo de las calles es desolador. Hay charcos de sangre por todas partes, cadáveres, heridos que gimen y suplican ayuda; otros agonizan. Entretanto, los Izquierdo siguen buscando presas y disparan contra todos los que quieren ayudar, contra los que pretenden entrar o salir del pueblo, contra todo ser viviente. Tras disparar hasta que ya no encuentran a nadie, los hermanos Izquierdo dan por terminada la matanza y huyen hacia el monte.
Alertados por la aparición de la Guardia Civil, abandonan el pueblo camino de la sierra, que conocen perfectamente. Inmediatamente se organiza una batida en su búsqueda. A pie, en vehículos todo terreno, a caballo, en helicóptero, con perros adiestrados. Doscientos policías participan en una cacería humana que se prolonga durante toda la noche. Los supervivientes de Puerto Hurraco cierran sus casas y no salen hasta el amanecer.
El suceso se conoce de inmediato en toda España. Cámaras de televisión, fotógrafos y periodistas llegan al pueblo con las primeras luces. Por primera vez en el país, la muerte y el dolor se van a poder retransmitir en directo: el funeral de las niñas, los sollozos de los amigos de los muertos, los alaridos de los familiares pidiendo venganza: "¡Que les arranquen la piel, que maten a sus hijos para que vean cómo duele, que nos los dejen a nosotros!", exige la turba.
Tras nueve horas de persecución, Emilio Izquierdo, supuesto líder del clan, es detenido cuando está apostado junto a la casa de dos de sus víctimas. "Hemos disparado ahora en agosto porque soy muy friolero", asegura al ser esposado, "y en invierno se me agarrotan los dedos y no hago puntería".
A Antonio Izquierdo alias "El Tuerto", lo localiza un helicóptero cuando trata de escapar a la carrera por el monte. "Parecía un animal herido", declarará uno de los guardias que le quitó el arma. "Estaba encogido, temblaba de nervios, apenas balbuceaba". La Guardia Civil los arrastra por el campo delante de los fotógrafos y les encierra en el juzgado de Castuera, lejos de Puerto Hurraco y de la posibilidad del linchamiento.
"Si no nos hubiérais detenido, habríamos vuelto a dispararles durante el entierro de los muertos", declara uno de los detenidos, furioso. En el momento en que son encarcelados, el pueblo herido entierra a sus muertos e inicia la búsqueda de nuevos culpables. "Ellos no son tan malos como para hacer la barbaridad que han hecho", afirma el clamor popular, "pero sus hermanas sí: ellas son de la piel del mismísimo diablo".
Se refieren a Ángela y Lucía Izquierdo, las dos hermanas con las que los asesinos convivían en la vecina localidad de Monterrubio. Son acusadas inmediatamente de inducir al crimen a Emilio y a Antonio. "Son dos cuerpos con una sola cabeza", afirman los psiquiatras que les realizan un profundo examen médico.
El informe psiquiátrico ordenado por el juez que instruye el caso asegura en primera instancia que las hermanas sufren trastornos mentales de tipo paranoico, los que podrían haber desencadenado la matanza de Puerto Hurraco. "Hay indicios para decretar su prisión por posible inducción", declara Casiano Rojas, juez titular del juzgado de Castuera. Cuando el juez les pregunta a los hermanos por qué lo han hecho, Emilio responde: "Ya nos hemos vengado. Ahora que sufra el pueblo". Porque ése era el motivo que los había llevado a querer eliminar a un pueblo entero: la venganza.
Lola Sánchez, sobrina de los cuatro implicados en la masacre, se avergüenza de que su segundo apellido sea Izquierdo. "Mis tías están detrás de la matanza", declara a un periódico unos días después del crimen. "Y si salen libres, van al pueblo y las linchan, es su problema. Nosotros no las vamos a acoger, ni estamos dispuestas a protegerlas". Dos años después de la tragedia, las hermanas Izquierdo son exculpadas, al no encontrar el juez pruebas que demuestren su implicación directa en lo ocurrido. Pero, debido a su deterioro mental, son ingresadas en el hospital psiquiátrico de Mérida.
Sus hermanos, presos en la cárcel de Córdoba, corren una suerte muy diferente: son condenados a 684 años de cárcel. "Su inteligencia", resalta el juez magistrado, "está dentro de lo normal, hecho que queda corroborado porque eran capaces de manejar un rebaño de unas mil ovejas, tenían fincas arrendadas y tienen, con la crisis que atraviesa el campo, una cartilla de diez millones de pesetas".
"Ya lo dijo el obispo de Badajoz durante el entierro", afirma una vecina. "Tenemos que pensar que Puerto Hurraco es un pueblo heroico y no perder la esperanza, tenemos que ser capaces de olvidar, perdonar y vivir en paz".
Cinco años después de la masacre, Antonio Cabanillas Ribera, el padre de Antonia y Encarnación, las dos niñas que murieron primero bajo la lluvia de plomo de los Izquierdo en 1990, es detenido por disparar contra Anselmo Algada Guerra, vecino de una localidad cercana a Puerto Hurraco, quien después muere en un hospital de Madrid. Aldana y su acompañante, Ramón Zambrano, estaban cazando jabalíes; eligieron unos matorrales para esperar a que se les presentara una pieza a la que abatir. Pero no se dieron cuenta de que la casa de Antonio Cabanillas estaba a un centenar de metros. Sobre la 01:00 de la madrugada, Antonio Cabanillas levantó su escopeta del calibre 12 y la disparó contra el escondite de los cazadores furtivos. Anselmo Algada cayó herido. El proyectil le entró por la cara y le salió por la nuca. El herido fue trasladado urgentemente al hospital del Insalud de Don Benito-Villanueva de La Serena. Debido a la gravedad de las heridas que presentaba, los médicos decidieron su traslado a Madrid.
A primeras horas de la mañana del lunes, varios agentes de la Guardia Civil, desplazados expresamente desde la localidad vecina de Monterrubio, rodearon nuevamente la aldea de Puerto Hurraco, controlando todas las salidas de la misma. Era una nueva versión de la matanza de cinco años antes. A las 08:30 de la mañana, Antonio Cabanillas fue detenido por los agentes cuando volvía con su tractor de trabajar en el campo. No opuso resistencia. La Guardia Civil trasladó al detenido al cuartelillo de la localidad de Castuera. Cabanillas pasó la noche del lunes en los calabozos del cuartel y a la mañana siguiente, tras prestar declaración en el Juzgado de la localidad, fue puesto en libertad por orden del juez de guardia.
Antonio mantuvo en todo momento su declaración de que todo se trató de un lamentable accidente. Vio algo moverse entre los matorrales y disparó. El incidente fue un nuevo motivo de división en el pueblo. Tras la masacre, una parte sigue apoyando a los Cabanillas y otra a los Izquierdo. Estos últimos, sin embargo, colgaron las cananas y se regodean de tener a un miembro del clan, Fulgencio Izquierdo, ostentando el cargo de alcalde de Puerto Hurraco tras ganar las elecciones municipales. Los Cabanillas, esta vez, no presentaron batalla. No les interesa la política.
El día 13 de diciembre de 2006, Emilio Izquierdo muere en la cárcel a los setenta y dos años de edad, por causas naturales; es hallado sin vida en su celda por un funcionario. Antonio asiste al entierro de su hermano Emilio. Ni rastro de familiares ni amigos. Sólo el paso asustadizo de un gato negro por las calles del cementerio altera la tranquilidad del lugar. Antonio Izquierdo, que al despedir a su hermano, enterrado junto a su hermana Angela, dice: "Te vas a los setenta y cuatro años, pero hemos vengado la muerte de nuestra madre". Tras estas frías palabras, los agentes le dejan ir a visitar el nicho donde está enterrada otra de sus hermanas, Luciana. Sus pasos por las calles del camposanto son firmes y al llegar al lugar se inclina y besa la lápida. La policía le custodia de nuevo hasta el furgón y lo traslada nuevamente a la prisión de Badajoz, donde cumple una condena de 345 años. El 24 de abril de 2010, a los setenta y dos años, se ahorca en su celda, muriendo así el último de los asesinos. La matanza de Puerto Hurraco fue retomada por el cineasta Carlos Saura en su polémica película El séptimo día, premiada en varios festivales internacionales.
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